Fragmentos de una Mujer | República Cinéfila

Fragmentos de una Mujer es un conmovedor drama dirigido por el cineasta húngaro Kornél Mundruczó que esta protagonizado por la actriz inglesa Vanessa Kirby y producida por el director estadounidense Martin Scorsese, que ya esta disponible a partir del pasado jueves 7 de enero de 2021.

En la historia de la trama Martha (Vanessa Kirby) y Sean (Shia LaBeouf) son una pareja de Boston a punto de convertirse en padres, cuya vida da un giro traumático cuando un parto casero culmina en una tragedia inimaginable. Empieza así una odisea de un año para Martha que, devastada por el dolor, debe soportar las relaciones enrarecidas con su autoritaria madre y Sean, además de enfrentarse en los tribunales con la vilipendiada partera. El elenco de Fragmentos de una Mujer está integrado además por Ellen Burstyn, Shia LaBeouf, Molly Parker, Sarah Snook, Iliza Shlesinger, Benny Safdie y Jimmie Fails. El guion es de Kata Wéber.

Mundruczó ganó en su momento la sección Un Certain Regard del Festival Internacional de Cine de Cannes 2014 por su película Dios Blanco. Kevin Turen, Ashley Levinson y Aaron Ryder son también productores. La película se vio en la última edición del Festival de Venecia 2020, donde Vanessa Kirby ganó la Copa Volpi por su sobresaliente actuación. Sabemos que Fragmentos de una Mujer trata sobre una pareja a la que la muerte de su hija durante el parto la lleva a una crisis terminal. Pero eso no le impide al director Kornél Mundruczó jugar con un suspenso insoportable durante una larga secuencia introductoria de media hora en la que la película nos prepara para eso que la sinopsis ya nos había informado con antelación: la realización de un parto hogareño (muy bien filmado, eso sí, porque este tipo de cine miserabilista precisa de una puesta en escena efectiva para subyugar al espectador), en el que todo sale mal y donde la pareja interpretada por Vanessa Kirby y Shia LaBeouf comienza a desmoronarse.

Durante todo ese pasaje, por lejos lo mejor de la película en materia de puesta en escena, Mundruczó demuestra que no tiene límites con la cámara, que sabe construir climas y tensiones, que puede aplicar un plano secuencia con absoluta precisión, pero que tampoco tiene límites éticos al desplegar una serie de recursos formales por el mero lucimiento personal y por el solo morbo de hacer jugar al espectador con la muerte de un bebé. Algo parecido hacía Alfonso Cuarón en Roma, aunque al menos Mundruczó tiene el pudor de no mostrar demasiado el cadáver. Luego de ese arranque tan potente como manipulador, Fragmentos de una mujer se convertirá en un drama rutinario, plagado de metáforas obvias, trazos gruesos y situaciones donde la imagen queda supeditada al talento de sus intérpretes. Hay que reconocerle a todos los involucrados en la película que lo hacen con una enjundia envidiable y digna de mejores causas. Ya sea el director con su ímpetu para plagar la imagen de símbolos que el espectador pueda decodificar fácilmente, como el elenco dueño de una intensidad para nada espontánea: Fragmentos de una mujer es una de esas películas que se diseñan para ganar premios y que recurren a una serie de estímulos ya vistos.

El que mejor entiende el juego es LaBeouf, que le pone el cuerpo literalmente a cada situación, potenciando el costado más desagradable de su personaje, lo que implica la recurrente escena sexual incómoda de este tipo de productos. LaBeouf se pasea en pelotas, eleva la voz, golpea cosas, en un festival de gritos y –lamentablemente- pocos susurros. Todos tienen su momento para el lucimiento, especialmente Ellen Burstyn (que ya había paseado su talento por una aberración peor como Réquiem para un sueño), en un monólogo tan calculado y frío como la simulada emoción de este ladrillo fílmico. Afortunadamente Mundruczó, porque posiblemente crea que ya tiene al espectador en el bolsillo, abandona progresivamente los zamarreos de la primera hora y se aplica luego a relatar eficientemente la degradación final de esa pareja y el resurgir de la mujer, junto a esos brotes verdes provenientes de semillas de manzanas, un elemento recurrente en la película que opera como metáfora remarcadísima hasta en el mismísimo último plano. 

Películas como Fragmentos de una mujer se pueden definir por uno de sus planos, en este caso uno que desnuda sus intenciones: la protagonista, luego del parto, decide volver a trabajar. No lo hace en las mejores condiciones y en determinado momento tiene que ir al baño. La cámara de Mundruczó se pone al nivel piso con el solo motivo de mostrar que la mujer está usando un pañal. Así de innecesario y ruin es todo. Pero el de Fragmentos de una mujer no es un caso novedoso, forma parte de un sistema cinematográfico que busca traficar como osadas y punzantes ideas viejas, e incluso hacer parecer el exhibicionismo y el regodeo morboso como gran cine de arte y de autor. En unos cuantos trazos la relación de familia queda clara: Elizabeth (Ellen Burstyn, la formidable maestra del Actor Studio) es la madre fuerte y suegra detestable que se impone por carácter y dinero; Martha (Kirby), en estado avanzado de embarazo, se mantiene al margen. De inmediato viene un muy bien logrado técnicamente plano secuencia de 25 minutos de duración, sin corte aparente, la cámara documenta cada momento del dramático parto, con encuadres y ángulos que responden a las reacciones corporales de Martha, al impacto que provoca, primero en su pareja, Sean (Shia LaBeouf), y pronto en la partera (Molly Parker). Admirable, la secuencia capta la lucha que resulta entre la vida y la muerte de un cuerpo por salir de otro, y es este antagonismo el vector que organiza la coreografía. Fragmentos de una Mujer no puede leerse a manera de una película de acción, donde el coctel de sorpresas y picos de adrenalina mantiene en vilo a su público; aquí lo importante es lo que sigue, la tensión, la emoción oscura de eso que se agita en el alma de una mujer y que sólo ella sabe qué siente, y que aún no sabe qué quiere, o cómo llegar ahí; pero esto no debe confundirse con falta de dirección, como si Mundruczó y su guionista, Kata Wéber, no supieran hacia dónde dirigirse. Aunque la cinta es muchas cosas más, podría funcionar como la versión moderna de la clásica cinta independiente Una Mujer Bajo La Influencia (1974), la obra clásica del actor y director norteamericano John Cassavetes; sólo que ahora, casi medio siglo después, una mujer tiene mejores recursos personales, en principio.

PIECES OF A WOMAN: (L to R) Shia LeBeouf as Sean and Vanessa Kirby as Martha
 
Mi 8.5 de calificación a este desgarrador drama sobre la vida de una pareja que se transforma luego de perder a su bebé durante un parto en su hogar tras la negligencia cometida por una partera, quien es denunciada ante los tribunales y que me hace preguntarme después de visionar este filme ¿cuáles son los trozos de la mujer que nos va a mostrar esta película?
 
Probablemente serán no sólo los más valiosos, sino los que se cuelen en las rendijas de esta anécdota en la que el personaje de Martha con una Vanessa Kirby aterrizando con temple tiene que enfrentarse al duelo de haber perdido un hijo. Todo arranca con una introducción tensa y enfadosa en la que la realidad circunstancial a la narración demuestra su peso. Primero en una secuencia de tomas largas y después en un plano secuencia que arma un drama poderoso plano a plano, a través de un montaje interno calculado al milímetro pero presentado con angustiante naturalidad. En ese juego de cámara móvil y puesta en escena Martha perderá a su hijo atrapada en una realidad sin escapes ¿quién escapa a un plano secuencia estructurado sobre su persona?. Y después, una vez que el tono está establecido desde el montaje de esa secuencia cruel y poderosa, los fragmentos se dispersan sobre el suelo. Como si todo se hubiese roto, la película regresa al uso de cortes para mostrar las facetas que Martha debe atravesar para comprender lo que ha ocurrido.
 
Pieces of a Woman es una nueva colaboración entre la guionista Kata Wéber y el director Kornél Mundruczó. Ambos trabajaron juntos ese himno contra las políticas restrictivas a la migración a Europa que recordamos como Hagen y yo (Hungría-Alemania-Suecia, 2014), una fábula de perros y amistades humanas, una primera prueba de lo que estos dos pueden colar en esas rendijas de situaciones con que cuentan sus cuentos. Este nuevo trabajo no es un cuento. Es más una aventura a las oscuridades del duelo que nos hace ver a la vida como un frágil elemento al que ronda la muerte. Ambos tan humanos como contradictorios… O tan contradictorios como los humanos. Tras la pérdida de Martha vemos capítulos de ella, mes tras mes. En ellos Sean su marido (Shia LaBeouf), un desorientado macho de segundo pelo más perteneciente a la América profunda que a la clase acomodada de donde es natural Martha, se deja ver incapaz de lidiar no sólo con la pérdida compartida sino con Martha misma, que hojea en sus interiores no sabemos si en busca de algo o para esconder cualquier otra cosa. Ella parece fría, distante, casi indiferente.
 
Desconcierta el dolor que mostró cuando la conocimos con la negación que parece ejercitar una vez que hemos caminado medio año a su lado. Y es que la cámara de Benjamin Loeb (Mandy, 2018) sigue a Martha en sus silencios, ocupando los espacios que deja en su búsqueda interior y en los que poco a poco se manifiestan las capas de su familia violentamente disfuncional: su madre aborrece a Sean; la fragilidad de este sólo compite con la de la hermana de Martha, un fantasma que se enfrenta de manera pasivo agresiva con ella. La disfuncionalidad del grupo se deja ver a través de los silencios de Martha. Wéber, Mundruczó y Loeb elaboran un triángulo creativo en el que la rabia de la familia casi en busca de venganza adquiere una presencia extravagante en la oquedad de su propio mundo. Sobresale la conversación banal que lleva a Sean y a su concuño Chris (Benny Safdie genialmente insoportable) a hablar de la banda The White Stripes simplemente para no dejar de hablar del todo y que desataría un silencio que los enfrentaría a lo absurdo de su reunión.
 
Mientras eso ocurre la cámara sigue a Martha, una aparición en la casa de su madre que a través de gestos nos cuenta su parecer sobre esa misma reunión (que ya es un símbolo de su relación familiar). Con la cámara, a través de ella, con su repaso de los objetos, ignorando la plática a sus espaldas Martha se sincera ante nosotros: todo lo que ocurre o que los demás creen que ocurre no es lo que le importa. Es en esos silencios, en esa frialdad que ahora ya parece temple es que los pedazos de esta mujer se dejan ver y hacen obvio que el camino que recorre mes a mes y que hemos recorrido con ella no es el de su madre (estupenda Ellen Burstyn). Y es tremendamente revitalizador que sea la puesta en escena, la forma como la cámara la recoge, la transparencia que logra Kirby quienes nos lo muestren.
 
El rompecabezas que es Martha tras ese plano secuencia brutal y ahora alegórico se compone ante nosotros. Todo ha partido del luto y lo que se rompió con él estaba disperso en el suelo. Pero el luto y la pérdida son necesarios. La vida y la muerte son tan humanos como contradictorios y viceversa. Y en este repaso de personajes, en este vistazo de almas de un mundo que sólo se mira a sí mismo Martha parece ser la única que se arroja a este abismo, al del luto que enseña y que no desaparece. El abismo de la exploración que otros niegan por no sabemos qué miedos. En el anuncio de Fragmentos de una Mujer, Netflix resume la trama con una dosis de morbo y melodrama en el que una joven mujer pierde a su bebé en un parto y, posteriormente, aislada de su pareja y de su familia, debe enfrentar un abismo de dolor. Si a esta descripción se agrega el comentario, generalizado, de que lo mejor es la estupenda actuación de Vanessa­ Kirby, a la cinta del húngaro Kornél Mundruczó (Johanna, 2005), primera que realiza en el idioma inglés, le costará obtener el reconocimiento que merece de principio a fin, comenzando porque no se trata de un melodrama. Porque a nivel dramático, el trabajo de parto y sus condiciones, un poco de sangre, agua, latidos irregulares debido al sufrimiento fetal, condensan introducción y peripecia; la muerte súbita de la criatura hace pedazos a Martha, y esta mujer rota ya no puede entenderse con un entorno donde cada quien intenta imponer su propia lectura de la desgracia, desde Sean como macho herido, o Elizabeth que espera que la hija denuncie a la partera como responsable, y de paso alimente el canibalismo de las redes sociales. Vista a fondo, la acción contenida de la segunda parte, menos espectacular, es aún más intensa; quienes rodean a Martha son meras comparsas, ninguno busca entender qué piensa ella, sólo pretenden saber lo que tiene que hacer, desde los compañeros de trabajo hasta su pareja, un hombre básico, trabajador de la construcción, carente de lenguaje y moral adecuada para mirarla de frente. Un drama que cosechara premios a mejor actriz.
 
Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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