RUMBO AL FORCE FEST (SLAYER)

LLOVIENDO SANGRE

 

Por Allan Márquez

Llueve a cantaros afuera, miro desde la ventana completamente solitario y abrumado.  Relámpagos iluminan el interior de la habitación, la cama esta deshecha y llena de ropa negra sucia golpeada por los diversos conciertos del año.

Del minicomponente retumban las notas de una de las mejores bandas de trash metal de la historia,  la voz de Tom rasguña las bocinas electrizantes mientras la batería de Lombardo redobla detrás de los enormes rifs de Jeff. Letras abiertamente demoniacas y veloces, imágenes perturbadoras que hacen que el diablo sonría mientras muevo mi mata en todos aquellos aquelarres de los que fui testigo.

Después de varios minutos u horas, ya no sé cuánto tiempo paso, me levanto de mi letargo, al hacerme hacia atrás la silla cae, ha tropezado con el zapato decaído y putrefacto que no se levanta. El sonido de la madera se enmudece, no se percibe con los truenos de la calle y la música de Slayer de mi recamara.

Camino alrededor de la cama saltando los obstáculos viscerales que hay por doquier, las tripas colgantes del abdomen que se desparraman del abdomen femenino mallugado por el hacha afilada proveniente de mi viejo armario. Los coágulos perdidos en la alfombra dejan marca de la histeria por los boletos escasos de mi último aquelarre.  El dinero está perdido en los huesos decapitados de los cuerpos inertes, la sangre llueve en esta podrida habitación, he encontrado los sagrados boletos, los tomo de la mano tiesa que los atrapa, rompo un par de dedos para retirarlos. La mirada perdida y llena de dolor de aquel niño impoluto que no merece el festín. Si tan sólo me hubieran escuchado, si tan solo hubieran entendido mis progenitores sobre la importancia desde aquelarre de despedida, la sangre no hubiera llovido y mi pequeño hermanito estaría en camino conmigo, mis padres nos llevarían a la cúspide la pirámide teotihuacana, pero su reglas tontas nos separaron, no entendieron que sus reglas harían que el infierno los esperaría, que el sur del paraíso se abriría en su espera.

Ahora me despido familia mutilada, beso la cabeza rodante de mi padre y pateo el pequeño pene que se atraviesa del pequeño Toño, mientras a lo lejos el dodo circundante de mi madre nos señala.

Dejo la casa y voy en camino hacia la despedida en al ciudad de los dioses. La lluvia debe de esperar a sangrar.

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