República Cinéfila | X-Men: Dark Phoenix

Desde Hollywood las películas sobre superhéroes cumplen, a pesar de los millones de dólares que siguen recaudando a nivel mundial por el morbo de sus casi incondicionales consumidores y en la saga de los X-Men, no deja de ser un tanto paradójico que la franquicia que –con todos sus desniveles- abrió un poco las puertas al boom del género de superhéroes, termine cerrando con una película que luce envejecida al lado de sus contemporáneas, y no solo porque llega un poco tarde con algunos exabruptos seudo-feministas.
 
Parte de la explicación puede encontrarse en una ausencia, que es la de Bryan Singer, quien supo construir personajes potentes en “X-Men” y “X-Men 2”, además de profundizar la relectura del imaginario audiovisual de la Guerra Fría en “X-Men: Días del Futuro Pasado” y “X-Men: Apocalipsis”, luego de las primeras huellas que dejaba Matthew Vaughn en “X-Men: Primera Generación”. Todos esos filmes distaban de ser perfectos, pero en ellos se podía notar que había un realizador con un universo potente y personal. La saga de los X-Men, para bien y para mal, era de Singer, tenía su marca de fábrica, que en esta última entrega luce totalmente diluida, por más que quien esté a cargo de la dirección sea Simon Kinberg, quien venía colaborando desde hace un rato largo en este mundo cinematográfico en los guiones y la producción.
 
Caracterizados siempre por defender a los diferentes siendo diferentes, tienen ahora entre sus filas a una casi invencible Jean Grey con una pesadilla psicológica tremenda que tiene origen en la muerte de sus padres, así abre esta simplemente buena película regalándonos además una secuencia de choque. Sin embargo, para protegerla de tan nefasto pasado y mantenerla en sus filas y a su servicio, el Profesor Xavier le hace creer usando sus poderes algo que en realidad no es, pues de otra forma ya que Jean sería capaz de buscar su propio camino y abandonar a los X-Men a quienes Raven enfadada por el poco reconocimiento a la división femenina de la hoy emérita institución aceptada por el gobierno y la sociedad quiere cambiar el nombre a X-Women. Todo esto lo vemos en la sinopsis de esta cinta, los X-Men se enfrentan a su enemigo más temible y poderoso que uno de los suyos, la poderosa joven mutante Jean Grey (Sophie Turner).
 
Durante una misión de rescate en el espacio, Jean casi muere cuando es golpeada por una fuerza cósmica misteriosa. A su regreso a casa, esta fuerza no sólo la hace infinitamente más poderosa, sino también mucho más inestable. Jean, quien lucha en su interior contra esta entidad, desencadena sus poderes en formas que no puede comprender ni dominar. Al estar en un espiral fuera de control, y lastimar a aquellos que más ama, Jean comienza a deshacer la mismísima estructura que mantiene unidos a los X-Men. Ahora, con esta familia cayéndose a pedazos, deberán encontrar una manera de unirse no sólo para salvar el alma de Jean, sino también para salvar a nuestro planeta de extraterrestres que desean convertir esta fuerza en un arma y gobernar toda la galaxia. El cineasta debutante Simon Kinberg concibió la historia de Jean Grey y su conversión en fuerza cósmica, en donde todo parecería indicar que esta sería su oportunidad de corregir los errores y dar el merecido buen cierre a la franquicia, pero lamentablemente no fue así ya que asume con su tono la tristeza implícita de la lucha mutante pero que no sirve de nada ante su abismo formal. Y es que lo que logró Matthew Vaughn con “X-Men: Primera Generación” (2011) fue un verdadero oasis, una excepción dentro de una franquicia que, por muchos y diversos motivos, ha tenido grandes problemas para recuperar su gancho inicial. El regreso del director Bryan Singer a la Mansión X como si no hubiese pasado nada confirmó que ni ellos sabían muy bien cómo había ocurrido pero, tras disimular con bastante fortuna el problema hasta el tercer acto de la producción de “X-Men: Días del Futuro Pasado” (2014), volvimos al pozo mutante.
 
X-Men: Dark Phoenix
Sophie Turner como Jean Grey en X-Men: Dark Phoenix
 

La verdad a estas alturas, creo que casi nadie lo recuerda, pero es un hecho de que el estreno de la cinta “X-Men” (2000) fue el pistoletazo de salida para la fiebre de Hollywood por parte del cine de los superhéroes. Es una lástima, pues, que ese filme y su muy superior continuación, “X-Men 2” (2003) quedasen barridos de la conciencia colectiva por las películas de Batman realizadas por Christopher Nolan, primero, y después por la casi excelente saga de los Vengadores de Marvel Studios. Pero lo que de verdad da pena y rabia es la caída en picado de la franquicia a partir de la casi mediocre como nefasta “X-Men: La Batalla Final” (2006). Ha habido excepciones, algunas muy divertidas como “X-Men: Primera Generación” (2011) y otras muy buenas en la producción de “Logan” (2017) y los irreverentes spin-offs del antihéroe “Deadpool” (2016/2018), pero uno tiene presente la sensación que le produjeron tanto “X-Men: Días del Futuro Pasado” (2014) como “X-Men: Apocalipsis” (2016). Y esa sensación no es agradable.

El guionista Simon Kinberg, director de “X-Men: Fénix Oscura”, debe de haber experimentado un regomello similar. Al fin y al cabo, él tuvo que aguantar que Brett Ratner hiciera astillas su guión para “La Batalla Final”, hace 13 años. Ahora, Kinberg se ha puesto tras la cámara para resarcirse de aquello, pero las circunstancias han vuelto a hacerle la jugarreta. Y esta vez las circunstancias llevan las orejas de Mickey Mouse. La compra de la compañía Fox por parte de Disney y el estreno de la película “Capitana Marvel” (2019) han obligado a rodar de nuevo varias escenas clave de “Fénix Oscura”. Esos parches se notan muchísimo, y empeoran el conjunto. Pero a uno le queda la impresión de que, aunque no los hubiese sufrido, esta película se vería igualmente incapaz de hacerle justicia a sus referentes. Al igual que “La Decisión Final”, el filme de Kinberg adapta la saga en los cómics de Fénix Oscura (1979-1980), que es el arco argumental más célebre de la historia mutante. Una historia que hoy en día resulta discutible en algunos puntos por sus políticas de género, claro pero que mantiene su vigencia tanto visual como narrativa.

Hablamos de la historia de una mujer como Jean Grey, aquí Sophie Turner que, tras haber sido infravalorada y manipulada por los hombres, desata su frustración mediante un flamígero y cósmico enojo. Ojalá su homónima de cine hubiera sabido transmitir en el fondo de ese relato y, a la vez, renovarlo. Pero no es así. Para empezar, porque la puesta de escena y el montaje del filme se ven estrangulados por su artificiosa solemnidad. Unas pretensiones subrayadas por la banda sonora del competente compositor musical Hans Zimmer en modo marcha fúnebre. Ante el enésimo plano en claroscuro, ante la enésima melopea de cuerdas graves, uno acaba echando un poquito de menos “Apocalipsis” y sus colorines de plastiquillo. En cuanto al apartado dramático, es igual de desolador, con el reparto dividido entre aquellos que hacen lo que pueden como James McAvoy, Nicholas Hoult y aquellos que, como Michael Fassbender y Jennfier Lawrence, no disimulan su impaciencia por cobrar y largarse.

Cómo culparles, cuando el guión de la cinta conoce una única forma de avanzar a trompicones y un único registro de diálogo el explicativo. La dirección de Kinberg es un trabajo demasiado placentero al notarse. Solo así se puede explicar que, en pleno 2019, cima histórica del cine de superhéroes, uno de los estrenos importantes del género incluya un desastre narrativo tan obvio como su secuencia de acción cerca de Central Park y, para salir del cine realmente cabizbajos, un clímax final tan descafeinado e improvisado. Todo esto con la incesante música de Hans Zimmer que, además de lograr que las casi dos horas de metraje parezcan el largo epílogo de lo ya estrenado o el prólogo de una historia que nunca veremos, nos recuerda que la lucha mutante es, ante todo, triste. El pesimismo se ha infiltrado en mayor o menor medida en cada historieta con los X-Men en la gran pantalla pero ahora, cuando ya no hay que mirar a las luchas por los derechos civiles de antaño para entender de dónde viene todo esto, el desánimo es tan patente que se manifiesta en cada uno de los personajes, logrando que incluso la desgana de Jennifer Lawrence parezca parte de la trama.

A todos los efectos, “Fénix Oscura” será la despedida de los X-Men hasta que Marvel decida incorporarlos a su universo cinematográfico. Debido a esto, uno llega al final de la película con una tristeza que no viene solo dada por su falta de bríos o su torpeza, la cinta podría haber sido un adiós enérgico, tan lleno de pasión como su protagonista. Con muchos flashes y un enfrentamiento entre la villana (Jessica Chastain) y la heroína que vaticina la destrucción del mundo pero que en el peor remedo del peor final de una nada buena película de superhéroes se transforma en una especie de batalla apocalipsicodélica con los rayos, las luces, los colores, los ojos brillantes y los cabellos de fuego amenazando a la Tierra que nos inunda de colores quizá buscando decir que nada de la historia de los X-Men queda ya, a pesar de que aquí quieren contar una; que nada de la simpatía de sus miembros ha permanecido a pesar de que aquí están casi todos; que nada hay que ofrecer sino colores ya vistos, voces ya escuchadas, situaciones ya resueltas, peleas de mimos agitando los brazos en el aire, por un guión con poco fondo, amasijos que más que insatisfechos nos dejan indiferentes. Pero, en lugar de eso, esta cinta queda como el último chispazo de una llama que se apagó desde hace años de los personajes mutantes, es una triste despedida para la franquicia cinematográfica. Esto ocurre de manera modélica durante el primer acto de la película con un planteamiento sinceramente amargo, casi naturalista, sobre unos superhéroes que tienen las de perder y una fuerza cósmica que está cerca de transformar a la entregada Sophie Turner en el personaje inolvidable creado por el artista de Marvel Comics, Chris Claremont. Por un momento, uno llega hasta a animarse en su desesperanza con la posibilidad de que su tono melancólico pueda funcionar también en una película más o menos colorida sobre un grupo de superhumanos sin necesidad de forzar como un western crepuscular, o sin tirar de los grandes conflictos personales de cruzados enmascarados en ciudades góticas.

Todo promete convertirse en un cierre a la altura de las primeras entregas de cada fase pero, en cuanto la protagonista repite en voz alta por tercera vez el único problema de su personaje y Kinberg intenta rodar lo que, por defecto, parece que es todo lo que tiene que ofrecer la película, la apatía en el espectador salta de la gran pantalla y nos llega. Ahora bien, “Dark Phoenix” pierde hasta en la comparación con “X-Men: La Batalla Final”, que también tenía como núcleo central la transformación de Jean Grey en esa entidad (auto) destructiva llamada Fénix. Aquella película dirigida por Brett Ratner era un despiole total, que quería contar un montón de cosas y fallaba en casi todas sus resoluciones, pero por lo menos exhibía algo de atrevimiento en su voluntad por amontonar eventos, personajes, tramas y subtramas. Era un film excesivo, llevado adelante por un director sin ideas propias, pero por lo menos brindaba algunos pasajes emotivos cuando empezaba a liquidar figuras emblemáticas. En cambio, esta especie de reversión, por más que tenga un enorme presupuesto, peca de falta de ambiciones y riesgos: los conflictos personales son superficiales y repetitivos; la antagonista principal (una Jessica Chastain desperdiciada) es totalmente irrelevante; el retrato de época no sale de lo meramente decorativo; y el choque entre humanos y mutantes atraviesa todos los lugares comunes posibles.

 
Mi 7.5 de calificación a este filme, con su fin en el intento de una innovación en el tema del empoderamiento femenino, con arcos narrativos inconclusos y algunas secuencias embarazosas de acción con un uso excesivo de efectos digitales y especiales, con una trama y dirección actoral muy descuidada por ese agotamiento en la oferta superheroica que indica que por mucho que crezcan los números en la taquilla lo que hay dentro implosiona y desencanta más. Aunque tampoco estamos frente a una mala película que a veces es algo lenta y con una villana tan plana que desaprovecha la capacidad histrionica de una gran actriz como lo es Jessica Chastain, “X-Men: Dark Phoenix” logra contar una buena historia sobre el proceso mental de una joven insegura, quien a pesar de su poder desconoce que ha sido manipulada. Agradecible también es la pelea final de la película, una muy larga secuencia que representa la mejor batalla de estos casi 20 años de cine de superhéroes mutantes. No extraña de hecho es de considerarse que esta nueva entrega en el globo de historias compuesto por los X-Men que algunas buenas películas nos regalaron sea el debut en la dirección del guionista y productor de buena parte de las cintas anteriores, un Simon Kinberg a quien el algoritmo/focus group le dijo que una buena pelea final era suficiente para emocionar a los fans de esta serie de historias, todos casi 20 años más viejos que cuando esto comenzó. Esos son, en pocas palabras, los pecados de “X-Men: Dark Phoenix”, que se olvida de las buenas herencias de sus antecesoras e incluso de sus defectos, primero para tratar de alcanzar metas decentes, errar en la búsqueda de todas y después y por increíble que parezca inventarse sus propios errores. ¿Pero dónde está el discurso metafórico de los X-Men pro gay, pro diferencias, pro descastados que no quieren ser aceptados por el sistema que los ha rechazado siempre sino transformarlo para bien de todos y de todas? ¿El arrebato de Raven era una sugerencia de un discurso pro femenino? Eso que hace el profesor Xavier ¿no es sólo misógino sino un acto brutal en un tema interesante que se podría tratar mejor? La cosa se pone peor porque a pesar de sugerir estos puntos la película los abandona en el acto es decir, al final son temas que no le interesan, se enfoca en enfrentamientos sin finalidad, nos enreda en discusiones del nivel de “tus emociones te hacen débil” y de “al contrario, mis emociones me hacen más fuerte” y se dirige a toda caña a una secuencia de pelea en un tren que nunca sabremos de dónde surgió pero que es, en efecto, la parte más atractiva de esta ola de pretextos para llegar hasta ahí. Ahora habra que esperar que el filme de “The New Mutants” (2020) establezca el buen cierre que esta producción no logró al merecido final de los 20 años en el cine de los X-Men. Aquí no hay nada nuevo o que sacuda mínimamente las expectativas eso se puede ver, por ejemplo, con una muerte que debería ser demoledora pero que no genera nada. Por eso no sorprende que cada uno de los protagonistas –especialmente Charles Xavier– se la pasen enunciando oralmente sus dilemas internos o explicando qué es lo que van a hacer. En el medio se pierde el drama existencial, la inventiva audiovisual y la fisicidad, con lo que solo quedan un par de escenas de acción mínimamente rescatables. Es factible que las idas y vueltas que generó la adquisición de 20th Century Fox por parte de Disney hayan afectado el ensamblaje final de la película, que alterna entre ser una secuela más y la clausura definitiva de esta encarnación cinematográfica de los X-Men, sin decidirse por completo entre una alternativa u otra. Lo cierto es que eso nunca lo vamos a saber por completo y lo que queda es un film que nunca hilvana un camino propio o en función de una construcción que lo trascienda. “Dark Phoenix” empieza y termina, pero eso nunca llega a importar, porque su único mérito es el de solo existir.
 
Reseña: X-Men Dark Phoenix
 
Lic.Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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