El Llamado Salvaje | República Cinéfila

Aunque esta cinta tiene varias semanas en los cines de Ciudad Victoria y de medio mundo, vale mucho la pena analizar como la actual tecnología permite emocionarnos con la majestuosidad de “El Llamado Salvaje” del escritor Jack London que es tan grande que, incluso, hace de una buena película algo que, curiosamente, llegaremos a disfrutar.
 
Hay algo en el corazón de la clásica historia de London que permite que siga latiendo con tanta fuerza a tantos años de haberse escrito. Quizá sea el enorme amor que le tenemos a los perros o lo que nos provoca ser parte de una aventura rodeada de bellos paisajes. Al salir de la sala de cine, uno se queda con la sensación de haber visto una vieja película para televisión proyectada en la pantalla grande. Piensen por un momento en aquellas grandes cintas del pasado que hoy llegan a nuestro hogar remasterizadas en HD o 4K. Cuando las disfrutamos de nuevo, la magia de sus historias sigue intacta, pero hay algo que incomoda a nuestro ojo cada vez más exigente con los efectos visuales.
 
Aquellos monos de “Jumanji” (1995), por ejemplo, se verán siempre mucho más salvajes y reales en nuestras memorias que en la edición especial lanzada recientemente por su aniversario. Y eso es exactamente lo que sucede con este filme dirigido por Chris Sanders (“Cómo Entrenar a tu Dragón”) –y vagamente protagonizado por Harrison Ford– se convierte en una de esas tantas películas en las que la tecnología no termina de amoldarse del todo a la perfección con los sets reales y los actores de carne y hueso que los acompañan a cuadro. En la trama de la sinopsis oficial de la historia, Buck es un perro bonachón cuya vida cambia de la noche a la mañana cuando su dueño se muda de California a los exóticos parajes de Alaska durante la Fiebre del Oro a finales del siglo XIX  de la década de 1890. Como el miembro más nuevo —y más tarde su líder—de un trineo tirado por perros dedicado a la entrega del correo, Buck experimenta la aventura de toda una vida, que lo llevará a encontrar finalmente su verdadero lugar en el mundo y convertirse en su propio dueño.
 
El Llamado Salvaje
Harrison Ford
 
 
Aquí el protagonista absoluto de esta aventura es Buck, un perro demasiado juguetón y corpulento que, aún siendo el más encantador, le provoca más de un dolor de cabeza a sus dueños. Por razones diversas, su destino lo lleva hasta las bellas tierras del Yukón canadiense donde lo obligan a ser parte de una jauría atada a un trineo. La añoranza de su viejo hogar y la hostilidad de la naturaleza gélida que lo rodea, hace que sus primeras interacciones con el resto de los perros sean atropelladas y lo orillen a más de un problema. Pero ahí está un sonriente Perrault (Omar Sy) que cree en el corazón de este perro grandulón.
 
El carismático actor de la cinta francesa “Amigos” dice algunos diálogos que harán sonreír a todos aquellos que aman a las mascotas de su hogar. Pero aunque Buck hace su mayor esfuerzo por adaptarse a su nueva realidad, el líder de la manada lo toma como un lastre que se debe eliminar. Es así como inicia una rivalidad entre el ser más poderoso y el más débil de la jauría. Aunque aquel enfrentamiento pueda parecer inequitativo para nuestro protagonista peludo, llegará un momento en el que la naturaleza que lo rodea y la que trae en su interior lo sorprenderá y lo entrenará para convertirse en el líder que la manada necesitaba.
 
Aunque en este punto de la cinta hemos visto todo tipo de situaciones –desde las más desgarradoras hasta las que parecen haber sido extraídas directamente de cualquier película de Disney Channel–, llega un momento en que el filme triunfa en capturar y mostrar el espíritu salvaje de su elenco perruno sin necesidad de ningún diálogo o interacción humana. De la misma forma en que lo hizo “Spirit: El Corcel Indomable” en 2002, “El Llamado Salvaje” tiene momentos donde la naturaleza es la única vocera de lo que ocurre en el corazón de los perros que vemos en pantalla. Y es justo por el recuerdo de aquel filme animado nominado al premio Óscar que la ilusión de esta película se va resquebrajando poco a poco.
 
Aunque la cinta presenta un trabajo espectacular en efectos visuales, la mezcla de la tecnología con objetos “reales” termina por mostrarnos dos mundos distintos en la pantalla que no permiten que ninguno logre conectar con la audiencia. Cuando somos parte de la jauría, la apariencia de Buck y del resto de los perros no parece tener mayor problema. Pero cuando un humano aparece, la magia se rompe y las expresiones del can se sienten demasiado falsas, cortando por completo la química que poco a poco se iba presentando entre los elementos de la cinta. Para llamados por la aventura pura del universo Jack London con un perro viejo en esto de oler un papel que le sacuda las pulgas de la monotonía y el pasotismo de bastantes de sus últimos trabajos, Harrison Ford se ha lanzado cual si fuera un hueso nutritivo sobre la última adaptación a cargo de Michael Green, no por casualidad firmante del guión de “Blade Runner 2049” (2017), donde Ford sí que se lo tomaba en serio de una de las obras imprescindibles del ¿olvidado? Jack London.
 
El actor es la gran sorpresa de “La Llamada Salvaje”, marcando con su cuasi herzogiana ruta hacia un helado e imposible El Dorado el contrapunto humano a su compañero, un perro doméstico abandonado al descubrimiento de la Naturaleza, en mayúscula, y la naturaleza cruel del hombre. La letra de Green, que sigue a London con intermitente fidelidad, halla no solamente a un intérprete que asume en sus arrugas y su pasado ficcional de aventurero un ocaso tan bello que piensas en Humphrey Bogart viajando junto a John Huston, sino también a un guía asimismo entregado como es Chris Sanders en la dirección. Curtido en los dibujos animados, seguramente la verdadera escuela de hacer cine-cine de verdad, Sanders siente la llamada de lo salvaje, que en su caso es la del clasicismo épico. Secuencias como las de la avalancha o la progresiva inmersión de perro y del buscador de oro en unos paisajes tan hermosos como peligrosos brindan la oportunidad para que ante nuestros ojos se llene la pantalla de instantes sacudidos por un hálito narrativo que merece destacarse, y a los que mece en su partitura el score musical de un inspirado John Powell.
 
El Llamado Salvaje
Harrison Ford
 
Mi 8 de calificación bien ganado a esta producción fílmica de “El Llamado Salvaje”, que aunque es trascendente, como en la obra original, el personaje de Harrison Ford nunca termina por convertirse en uno de esos tantos personajes suyos que llevaremos en nuestra mente cinéfila por siempre.
 
Su carisma ayuda, desde luego –piensen en la peor cinta que él haya protagonizado y cómo fue infinitamente ayudada por su presencia–. Sin embargo, eso no es suficiente para que “El Llamado Salvaje” logre trascender. Hasta este punto es inevitable pensar que el filme pudo haber funcionado mejor si todo su mundo hubiese sido construido de forma digital. El cineasta Chris Sanders ha demostrado que sabe construir historias animadas con un enorme corazón. Quizá el mejor ejemplo sea “Como Entrenar a tu Dragón” (2010);  hay muchos elementos en “Los Croods” (2013) y en “Lilo y Stitch” (2002) que reafirman su talento. Pero, como ya dijimos al inicio de este texto, hay algo en el corazón de la clásica historia de Jack London que logra salvar hasta las adaptaciones más infames –o menos afortunadas– de su historia.
 
Es quizás ese encanto lo que hace de “El Llamado Salvaje” una de esas tantas películas que uno debería ver preferentemente en épocas navideñas, en casa, cubierto con una gran cobija, rodeado de seres queridos y, especialmente, acariciando la barriga de la mascota de la casa. A esta nueva cinta no parece que le resulten ajenas las aproximaciones setenteras a esta misma obra de Jack London, fuera en televisión con una excelente versión a cargo de Jerry Jameson o en cine en la espléndida y dura “La Selva Blanca”, de Ken Annakin, con un inmenso Charlton Heston. Eran tiempos de ecología y de pesimismo; tiempos donde las mascotas abrazaban al lobo que llevaban dentro con añoranza de la libertad. Buck y John hacen esta misma ruta natural, aunque sus destinos no necesariamente van a seguir unidos. Y la película de Sanders, que sí, podría conformar un buen programa doble con el disneyano “Colmillo Blanco” de Randal Kleiser, transita un sendero que le deja a las puertas de palabras mayores “Las Aventuras de Jeremiah Johnson” (Sydney Pollack, 1972). Visto lo mejor en toda la parte final en la emotiva relación entre los personajes de Buck y John y con lo peor de que se hayan suavizado tanto los personajes nativos de la icónica obra original literaria.

El Llamado Salvaje

Por: Lic.Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.
 

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