El Séptimo Sello (1957) | República Cinéfila.

Protagonizada por los formidables actores Max von Sydow y Bengt Ekerot, esta estupenda producción sueca de 1957 ganó el Premio Especial del Jurado en el Festival Internacional de Cine de CannesLa historia se ambienta en Suecia, a mediados del Siglo XIV, cuando la peste negra asola Europa. En ese contexto y tras diez años de inútiles combates en las Cruzadas, el caballero sueco Antonius Block regresa a Tierra Santa. Su viaje se modificará cuando en el camino se encuentre con la Muerte, que lo reclama. Entonces, el protagonista le propone jugar una partida de ajedrez a cambio de su vida. La plaga avanza, implacable, por todas partes y el desconcierto y la desesperanza empieza a reinar.
 
También la rapiña, la violencia y el cinismo. Pero la vida sigue adelante: hay fiestas, hay amor, los niños crecen, un artista pinta, unos actores salen a entretener al público. En ese tiempo no hay redes sociales discutiendo si se están tomando las medidas necesarias o no, porque estamos en la Suecia feudal, en la época de las cruzadas, cuando el joven caballero Antonious Block un Max von Sydow de apenas 28 años de edad regresa del campo de batalla al lado de su claridoso escudero que es casi un bufón Jons (Gunnar Björnstrand), con rumbo a su castillo en donde lo espera su mujer, a la que no ha visto en diez años. Se trata, por supuesto, de “El Séptimo Sello”, que es el decimoséptimo largometraje de Ingmar Bergman (1918-2007) y el primero en ser protagonizado por quien sería uno de sus actores emblemáticos, el recién fallecido Max Von Sydow, que con este papel apenas el quinto en una filmografía que sumó más de un centenar de cintas en Europa y Estados Unidos ganaría una reputación mundial que no perdería jamás.                                         
 
El séptimo Sello
 
Esta película significaría también, por cierto, la internacionalización definitiva de Bergman, quien había entrado al cine a partir de su gran pasión por el mundo del teatro. Egresado en 1937 de la Universidad de Estocolmo, donde estudió literatura e historia del arte, Bergman se empapó de la obra de August Strindberg, que sería su más importante influencia literaria y teatral, a tal grado de escribir su tesis acerca de él. En 1944, a pesar de que no cumplía todos los requisitos académicos porque nunca se graduó de la universidad, el atormentado hijo del pastor luterano Erik Bergman fue nombrado director del teatro municipal de Helsinborg, en donde empezó su labor también como dramaturgo, pues varias de las piezas que montó desde fines de los años 40 a inicios de los años 50 fueron de su autoría.
 
De manera paralela a sus responsabilidades teatrales, Bergman fue invitado por la Svensk Filmindustri, la casa productora cinematográfica más importante en Suecia, a escribir argumentos originales para ellos. Su primer guión, “Suplicio” (1944), fue dirigido por uno de los más grandes cineastas suecos de la historia, Alf Sjöberg, quien había iniciado su carrera en la era silente. El experimentado Sjöberg tomaría al joven Bergman bajo su cuidado, convirtiéndose en su mentor en sus primeros años dentro de la industria fílmica sueca. El éxito de “Suplicio” convenció a los ejecutivos de la casa fílmica Svensk de ofrecerle su primera oportunidad como cineasta al joven Bergman.
 

“Crisis” (1946), su ópera prima, un drama pasional ubicado en un pequeño pueblo del interior sueco, no llamó mucho la atención del público ni de la crítica, pero el “inexperto” director –que ya tenía un par de años escribiendo, montando y dirigiendo piezas teatrales– se ganó el derecho de piso por su eficiencia y profesionalismo. Durante los siguientes diez años, Bergman alternaría frenéticamente sus responsabilidades teatrales –primero en el Teatro Municipal de Helsinborg, y luego en el de Malmö– con las cinematográficas, pues en este periodo dirigió una veintena de obras y dirigió 16 largometrajes. Sin embargo, su creciente prestigio dentro de Suecia no traspasaba las fronteras. Aunque en estos años realizó por lo menos dos filmes extraordinarios –“Gycklarnas Afton” (1953), por cierto nunca estrenado comercialmente en México, y la influyente obra mayor “Sonrisas de una Noche de Verano” (1955), cinta que fue homenajeada/parodiada años después por el cineasta estadounidense Woody Allen–, fue hasta “El Séptimo Sello” que su nombre empezó a ser reconocido mundialmente como todo un interesante autor fílmico.

 
El séptimo Sello
 
La película se basó en una pieza de un solo acto que el propio Bergman escribió para sus alumnos del Teatro Municipal de Malmö. Tramalning –literalmente, “pintura de madera” en español, por una escena de la obra en la que un artista aparece pintando un retablo en el que son representados la plaga y la muerte– fue estrenada en 1954 con muy buenas críticas, más al Bergman director que al Bergman dramaturgo. Los críticos elogiaron la imaginación de Bergman en el montaje, su capacidad para mantener el ritmo dramático de la obra y su notable talento como director de actores.
 
Algo similar se podría decir de su adaptación cinematográfica, realizada tres años después. Desde su primera escena sabemos que estamos en manos de alguien que tiene un evidente dominio sobre los todos elementos de la puesta en imágenes y sobre sus actores. En cuanto el sombrío caballero Antonious Block y su burlón escudero Jons pisan las arenas de una playa sueca, vemos cómo la muerte(Beng Ekerot) se le aparece al caballero, avisándole que viene por él. Block ni parpadea: no le teme a la muerte –después de todo, se entiende que la tuvo como compañera durante los diez años que estuvo en las cruzadas–, pero tampoco quiere morir sin haberle encontrado sentido a la vida. Block reta a la muerte a una partida de ajedrez: mientras el juego siga y la Muerte no le gane, el caballero seguirá con vida. A lo largo de la breve película –apenas si pasa de los 90 minutos–, Block cabalgará hacia su castillo, siempre al lado de Jons –quien no puede ver a la muerte, por supuesto–, y se encontrará en la ruta con los estragos físicos y morales de la plaga –un cadáver carcomido y abandonado, un monje convertido en ladrón y violador, una procesión de aldeanos que se autoflagelan buscando el perdón divino–, pero también con un indomable impulso vital que no desfallece ni en medio de la muerte negra: una joven pareja de alegres saltimbanquis y su bebé, la lujuria de un actor que se escapa con una aldeana mancornadora, los habitantes de un pueblo que en medio del azote de la peste llenan una taberna para comer y beber ¿les suena conocido?. En estos días de cuarentena mundial por el coronavirus vale mucho la pena volver a apreciar esta gran joya en el mundo del séptimo arte.
 
El séptimo Sello
 
Ahora que he vuelto a ver “El Séptimo Sello” después de tantos años, me doy cuenta no solo de que la película es más ágil de lo que recordaba –cada episodio por el que pasan Block y Jons es ejemplarmente conciso–, sino que presume mucho más humor de lo que uno podría suponer, con todo y que Bergman subraya sin demasiada sutileza el tema central del filme –el silencio de Dios–, que se convertiría en el motivo dramático por excelencia en buena parte de su cine en los años por venir. En algún momento, cuando Block se encuentra en el camino con la alegre y optimista cirquera Mia interpretada por Bibi Andersson, otra actriz que sería emblemática en la filmografía bergmaniana, el caballero medieval le dice que no soporta la compañía aburrida que tiene (“¿Quién, su escudero?”; “No, yo mismo”) y que, para él, la fe es una carga muy pesada (“Es como amar a oscuras a alguien que nunca llega, no importa cuánto la llames”). Sin embargo, es el encuentro con estos dos simples y sencillos seres humanos, Mia y su marido, el acróbata Jof (Nils Poppe), el que resolverá, al final de cuentas, el sentido de la vida del atormentado Block. El tiempo ganado ante la muerte servirá, finalmente, de algo. Pero, ¿no es así toda la vida? ¿No se le gana a la muerte día tras día, hora tras hora, minuto tras minutos, solo por el hecho de vivir hasta el último instante? Por estos días esta clásica cinta cobra mucha relevancia. 
 

Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

Un comentario en “El Séptimo Sello (1957) | República Cinéfila.

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