La Ciudad Perdida | República Cinéfila

La Ciudad Perdida es una comedia romántica que tenía elementos potencialmente interesantes, pero que se conforma con ser un relato apenas correcto y definitivamente efímero y es que si la comedia romántica hollywoodense tuvo un momento de gran auge entre las décadas de los años ochenta y noventa, con películas notables como Big: quisiera ser grande (1988), Cuando Harry conoció a Sally (1989), Mujer Bonita (1990), Sintonía de Amor (1993), Cuatro Bodas y un Funeral (1994), La Boda de Mi Mejor Amigo (1997) y Tienes un e-mail (1999), ya hacia finales del Siglo XX y principios del nuevo milenio empezó a mostrar crecientes dificultades para trabajar los conflictos relacionados con el amor.

 

Quizás fue el cambio de época -y habría que pensar cuál fue el rol que cumplió una serie televisiva bastante autoconsciente como Sex and the City-, pero el discurso que enunciaban estrellas como Julia Roberts o Meg Ryan ya no tenía el mismo impacto y no surgía un recambio a la altura. Por eso empezaron a aparecer películas que creaban premisas bastante enredadas como vehículos para adentrarse en lo romántico, porque ya no bastaba con los dilemas personales de los personajes. Ahí teníamos entonces a films como 27 bodas, Soltero en casa, Experta en bodas y La propuesta, donde no pesaba tanto el amor como la comedia de enredos, que muchas veces iba de la mano con reflexiones bastante superficiales y explícitas sobre los vínculos sentimentales.

Producciones discretas, a lo sumo correctas, que por ahí cumplían una función de entretenimiento efímero pero que nunca sacudían al espectador. Pero esos años, vistos a la distancia, todavía garantizaban cierta vitalidad para el género, que parece estar al borde de la muerte en los últimos años: está en una situación casi similar a la del western, traficado entre otros moldes estéticos y narrativos, con obras relevantes que aparecen de vez en cuando, pero de forma muy aislada y sin la sistematicidad de antes. La larga introducción previa viene a cuento de que La ciudad perdida parece una película hecha hace casi veinte años, e incluso toma algunos elementos del siglo XX, pero nunca a fondo.

Es esencialmente un vehículo hecho a la medida de sus protagonistas, como para que el espectador no vaya a ver la última comedia romántica, sino “la de Sandra Bullock y Channing Tatum”. Su disfraz claro y explícito es el género de aventuras, a partir de un relato centrado en Loretta (Bullock), una escritora de novelas románticas que es totalmente introvertida y solitaria, pero que debe aceptar, a regañadientes, ir en una gira para promocionar su libro junto a Alan (Tatum), su modelo de portada. Cuando ella es secuestrada por un excéntrico millonario (Daniel Radcliffe) que quiere que la ayude a encontrar un tesoro, todo quedará servido para una odisea en la jungla, que implicará tanto una huida como una búsqueda, además del romanticismo inesperado. Si el molde que provee la aventura con algo de autoconsciencia del artificio puede ser productivo y potenciar lo romántico, lo cierto es que en La ciudad perdida ambas vertientes solo consiguen hacer sistema de a ratos. El filme de Aaron y Adam Nee tiene algunos hallazgos en situaciones cómicas puntuales, además del diseño de algunos personajes de reparto -la relación que entabla la representante de Loretta con un piloto es bastante divertida-, pero no despliega muchos recursos más allá del carisma y la capacidad cómica de la pareja protagónica. Y, principalmente, le cuesta entregarse por completo al movimiento que suelen proponer materialidades genéricas que aborda: casi todo, desde el sentido de los descubrimientos históricos hasta la atracción amorosa, es explicado concienzudamente, como si el espectador no pudiera entenderlo de otra forma.

Por eso, La ciudad perdida, por más que amague con dejarse llevar por un relato que promete sensibilidades ligadas con el cine clásico, termina conformándose con ser una película apenas correcta, que entretiene levemente, aunque nunca toma riesgos, lo cual la lleva a ser tan prolija como poco emocionante. La ciudad perdida deja de lado otras nociones de ese cine de aventuras como la acción desenfrenada (muy pobre e insatisfactoria) o las lecturas exotistas (mantenidas como tropos intocables) para concentrarse en el humor y el romance, siendo este último el que gana la partida. Tanto por el guion en sí, muy seguro de sus prioridades, como por la efervescente química de Bullock y Tatum, encantadores cuando discuten, se arrancan sanguijuelas de la espalda o se marcan un bailoteo espontáneo. La ciudad perdida, con un aparato formal inexistente y una desigual efectividad cómica, termina invocando por todo ello una sensibilidad pretérita, esta sí, ajena a objetivos revisionistas que quizá no envejezcan tan bien como sus responsables creen: la confianza en que el espectador de los nuevos años 20 puede seguir yendo al cine solo para disfrutar viendo a gente carismática de Hollywood ser gente carismática de Hollywood. La Ciudad Perdida tiene esa confianza, y podemos pasar por alto sus carencias ante una actitud tan encomiable aunque todo ha cambiado, pero sigue siendo genial ver a dos personas muy guapas enamorándose en la pantalla grande.

La Ciudad Perdida

Mi 7.5 de calificación para esta cinta La Ciudad Perdida que es la segunda película en este año 2022 protagonizada por un escritor de novelas románticas cursis que termina encontrando el amor. En la insoportable El libro del amor, el escritor era un hombre que termina enamorado de la traductora de su libro. En esta película, infinitamente superior a su predecesora, la escritora es una mujer que termina enamorada del modelo de las portadas de sus libros.

Ayuda mucho que la mujer en cuestión sea Sandra Bullock, una actriz que construyó su carrera a partir de años de comedias románticas. También ayuda mucho que el modelo sea Channing Tatum, el actor que le robó el aliento a gran parte del público femenino con las películas semiautobiográficas sobre el bailarín de strip tease conocido como Magic Mike (¡Atención muchachas! Ya viene una tercera parte). Bullock encarna a Loretta, la viuda de un arqueólogo quien, para sobrevivir, se dedicó a escribir novelas románticas con toques eróticos, las cuales se convirtieron en todo un éxito en ventas.

Las portadas de sus libros siempre están adornadas con la presencia de Alan, una especie de modelo a lo Fabio con todo y melena rubia, que encarna a Dash, el protagonista de las novelas de Loretta. Como es de esperar en una comedia romántica, Loretta y Alan son diametralmente opuestos, pero los opuestos se atraen, como lo decía Paula Abdul en los años noventa. Alan se siente terriblemente agradecido (y tal vez algo más) por Loretta, y la amargada escritora va a aprender a sonreír y a vivir cuando gradualmente descubra que Alan no es tan tonto como ella pensaba y que posee un corazón noble.

Este rom-com se convierte en una cinta de aventuras al estilo de la esperpéntica Amor y Tesoro (2008), cuando aparece el excéntrico millonario Abigail Fairfax (Daniel Radcliffe), quien secuestra a Loretta para que le ayude a encontrar un tesoro escondido en la ciudad perdida del título, ubicada en una isla remota y paradisiaca, como si se tratara de la trama de una de sus novelas. Alan, quien no ha podido separar la realidad de la ficción, quiere comportarse como Dash y piensa en rescatar a la damisela en peligro. Para ello buscará la ayuda de Jack Trainer un Brad Pitt que luce mucho más rubio y sexy que en Leyendas de pasión, y eso ya es mucho decir. Jack es un mercenario altamente entrenado que le hace honor a su apellido, y que Alan conoció en sus cursos de meditación, el cual inicialmente se va a encargar de la peligrosa misión.

Es así que Sandra Bullock hace realidad la fantasía de muchas (y de muchos ¿por qué no?), al ser rescatada por dos de los hombres más bellos de la pantalla, aunque no se sabe quién de los dos es más fanfarrón o patético. La escena de las sanguijuelas (no pregunten) será recordada como una de las más eróticas, perturbadoras y graciosas en la historia del cine. Ninguna mujer podrá resistirse a dicha escena. Quedan advertidas.

La ciudad perdida no se acerca a los altos niveles alcanzados por Indiana Jones o La Reina Africana, dos de los grandes clásicos del cine que mezclan efectivamente el romance con la aventura de hecho es inferior a la reciente cinta Jungle Cruise (2021). Pero la actitud de los actores protagonistas (al parecer, se divirtieron mucho), hace que esta película sea ridícula y divertida por partes iguales. Esta es en verdad una hilarante comedia romántica de aventuras que hará las delicias sobre todo del público femenino con Tatum, uno de tantos representantes de esa nueva masculinidad vulnerable e inofensiva que asalta el cine contemporáneo —Magic Mike es otro ejemplo—, estuvo encantado de celebrar los vientos de cambio desde el instituto, y ahora también lo está de llevar la buena nueva a una concepción del cine de aventuras para la que ya no hay sitio en Hollywood si no es con talante revisionista. La ciudad perdida presenta un argumento tan similar a Dos Bribones tras La Esmeralda Perdida (1984), éxito ochentero con Kathleen Turner y Michael Douglas, que antes que influencia o plagio sería más lícito catalogarlo de homenaje. O, incluso mejor, vuelta de tuerca. Porque La ciudad perdida no es una película nostálgica, ni que maneje modos o registros culteranos para ensayar nuevas vías de comunicación con la audiencia —algo que sí hacía un film reciente de Disney de presupuestos muy parecidos, Jungle Cruise—; La Ciudad Perdida es una película del presente, desesperadísima por encajar en él. Por eso toma Tras el corazón verde y emprende un diálogo consistente en defenestrar cada aspecto que no haya envejecido del todo bien a los supuestos ojos del público actual. Y Sandra Bullock es, como Turner antes que ella, una escritora de novelas de aventuras románticas que de repente se ve involucrada en una aventura romántica de verdad. Pero, al contrario que Turner, no está desesperada por encontrar el amor, ni le emociona la aventura, ni siquiera tiene en buena consideración su propio trabajo. El escepticismo sustituye la ingenuidad, la damisela en apuros se convierte en una señora de mediana edad con una constante réplica mordaz en la boca. ¿Y quién es Douglas ahora? Un Channing Tatum esculpido en mármol. Bondadoso, torpe, adorablemente tonto, desesperado por hacerse valer ante una mujer que, además de querer enamorar, admira. La ciudad perdida dobla la apuesta en su contraste de masculinidades al colocar frente a Tatum a un Michael Douglas auténtico, interpretado por Brad Pitt, y permite apaciblemente que la comedia no se limite al atropello de expectativas, sino que parta de ahí para construir otro tipo de enredos. Es una experiencia, de hecho, sumamente agradable, que se redondea con la construcción de un villano graciosísimo a cargo de un espléndido Daniel Radcliffe en una cinta palomera muy disfrutable. Si esta es de momento la ultima cinta de Bullock para darse un merecido descanso y pausa en el actual cine hollywoodense, en la comedia la vamos a extrañar.

Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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