República Cinéfila | Historias de miedo para contar en la oscuridad

El cineasta mexicano ya totalmente asentado en Hollywood, la meca mundial del cine, Guillermo del Toro, vuelve a colarse entre los estrenos del fin de semana, aunque esta vez lo hace como productor de la nueva cinta de terror del director europeo André Øvredal, “Historias de miedo para contar en la oscuridad” y aquí esta mi personal crítica de esta película en la que tiene puesta el alma y cientos de recuerdos, unos más dolorosos y otros bastante más luminosos afortunadamente el realizador originario de Jalisco. Porque Del Toro ha perseguido las historias del clásico libro de culto “Scary Stories” desde que era un adolescente y siempre había soñado poder trabajar con ellas, en a producción de este filme comenzó a finales de 2018 y para concretar el proyecto, Del Toro se acercó al cineasta André Øvredal (“Trollhunters”) para dirigir las historias que conoceremos en este filme que, por cierto, está ambientado en el año de 1968. Según Del Toro las historias elegidas para aparecer en la película se seleccionaron al estilo tipo programa televisivo “American Idol” y aparecerán cinco o seis, una de ellas escrita por el propio Guillermo del Toro, Patrick Melton y Marcus Dunstan cuyo guión fue concretado por Dan Hageman y Kevin Hageman. En la sinopsis de la trama oficial, nos cuenta que un grupo de adolescentes norteamericanos en los años 60 debe resolver el misterio que rodea a una serie de repentinas y macabras muertes que suceden en su pueblo. Aunque esto parece a simple vista como la pesadilla perfecta para niños y mayores que se le compare como un “Stranger Things” 1968, es una producción fílmica más apta para los que viven en Halloween todo el año.   
 

 
Es bastante probable que la gran estrella de esta película apadrinada por Guillermo del Toro sea el monstruo que responde al nombre de Jangly Man. Lo aterrador y atractivo de Jangly Man es que, despiezado como una vaca en un matadero, sus diferentes extremidades se buscan continuamente para, una vez unidas, dar muerte al que se cruza en su camino. Lo cual constituye una metáfora bastante válida del filme, pues es evidente que hay aquí varios proyectos en búsqueda de la unidad narrativa. En primer lugar, tenemos la fuente original: a principios de los años 80, Alvin Schwartz decidió recoger en tres volúmenes una serie de leyendas urbanas y relatos estadounidenses de terror, a la que ilustró en un magnífico trabajo Stephen Gammell.
 
A la hora de plasmar en imágenes un material episódico, la decisión ha sido engarzar diferentes relatos en un arco narrativo unitario, el de la casa encantada de la familia Bellows. En su desarrollo, se nota y mucho, la influencia del reciente éxito de la serie televisiva de “Stranger Things”. En primer lugar, por unos actores que, siendo bien parecidos, no responden al canon de treintañeros cincelados por Miguel Ángel interpretando a adolescentes del cine de terror habitual, sino que sus cuerpos son más como los de todo hijo de vecino en su variante nerd. En segundo lugar, la acción sucede en el pasado, concretamente en 1968, magníficamente recreado, con la ubicua presencia de Richard Nixon, retratado como si del mismo anticristo se tratara. Eso permite deslizar paralelismos con la situación política actual y, muy especialmente, con el racismo con respecto a la población estadounidense de origen mexicano, un mensaje especialmente importante si tenemos en cuenta la presencia de Guillermo del Toro en la producción.
 
A esta historia principal se adhieren el resto de relatos, construidos como set pieces en las que, invariablemente, un adolescente es objeto de una maldición sobrenatural que van ejecutando distintos monstruos. Resulta evidente que las historias se han elegido no tanto en base a su tempo narrativo o adecuación a la trama como a la posibilidad de dotar de movilidad y cuerpo fílmico a las legendarias ilustraciones de Gammell. Salta a la vista el esfuerzo que el equipo ha destinado a este fin, con un catálogo de seres en los que se ven trazas de faunos, fantasmas y demás habituales del universo Del Toro. Uno de ellos es, cómo no, nuestro ya viejo conocido Jangly Man, el puzzle humano, que lleva su cuerpo hasta límites insospechados para conseguir que la tibia encaje con el peroné y esas cosas, siempre acompañado de la grimosa banda sonora de las articulaciones en fricción. Y eso es exactamente lo mismo que le ocurre a este filme: en ocasiones el ejercicio de contorsión para hacer que casen bien las historias con los monstruos y con el arco narrativo unitario es excesivo. Con todo, este cóctel de sangre, nostalgia y unas gotitas de denuncia resulta de lo más refrescante para este tórrido verano. Por ello, el filme va más allá de la simpática colección de historias de campamento adolescente, y además de esa lectura política, se zambulle en su majestuosa y terrorífica parte final en un sótano tan decimonónico como el de filmes como “La Cumbre Escarlata” (2015), del propio Del Toro, o el de “No tengas miedo a la oscuridad”, escrito por el realizador mexicano a partir de un clásico “Estrenos TV de género” de 1973.
 
Este es un muy buen filme gótico de elegante formulación con el trabajo de André Øvredal en la dirección que es sencillamente extraordinario, por ejemplo vean esa escena en los aseos con los espejos, que guiña un ojo en su final abierto al de “Phantasma II” o sea, “El misterio de Salem`s Lot” en formato miniserie TV de Tobe Hooper, y que nos da una pista esencial como una vintage silla de ruedas en los pasillos de una institución psiquiátrica para adivinar que tal vez en una de esas páginas aún por escribir, en una de esas historias de miedo todavía por contar cuando se oculte el sol y la luz nos abandone a los maléficos seres humanos, nos hallemos ante la aparición de “Al final de la escalera” (Peter Medak, 1980).
 
André Øvreda
 
Mi 8.5 de calificación a “Historias de miedo para contar en la oscuridad” que comienza en una noche de Halloween donde se empiezan a adivinar los verdaderos monstruos, los cuales no son ni un espantapájaros viviente ni un forúnculo con sorpresa. El racismo, ese Mal así en mayúsculas, que parece dominar a los adultos como en el Derry de la cinta “It” (2017), con la culpa, la corrupción moral y política, la familia como un cementerio. Lo que asusta no es la cadena de crímenes sobrenaturales que un libro ejecuta al dictado de un fantasma de incómodo y triste patetismo.
 
Lo que realmente aterra no se halla en un pasado horrible que se entrecruza con un presente desolador, sino en ese continuo fondo donde vemos la reelección del presidente Richard Nixon, y un futuro inmediato que es la Guerra de Vietnam. Solamente Guillermo Del Toro, uno de los nuestros, podía acordarse de “House, una casa alucinante” (Steve Miner, 1985), donde los sobresaltos y las criaturas de látex que se recrean en estas “Historias de miedo para contar en la oscuridad” en el segmento del Jangly Man eran el eco del verdadero terror: los infiernos del Vietnam. Aunque ahora el referente que se mencionará al hablar de este más complejo de lo acostumbrado ómnibus de relatos de terror unidos por un libro hechizado escrito con sangre humana, será la televisiva “Stranger Things” con un grupo de amigos adolescentes unidos frente a lo sobrenatural pero en 1968, o incluso la reformulación que el director Andy Muschietti ha hecho del opus de Stephen King en “It”, lo cierto es que “Historias de miedo para contar en la oscuridad” pertenece al imaginario de su productor y autor del argumento: Guillermo Del Toro.
 
Quienes leímos, en 1981, el primero de los tres libros de Alvin Schwartz, precisamente en una edición en castellano mexicana, vimos de inmediato que era algo más que pequeñas y malvadas píldoras de horror folclórico norteamericano. En cada uno de esos bizarros calculados sustos sin moraleja latía el espíritu o el fantasma de “Galería Nocturna”, la serie de televisión que Rod Serling consagró al terror en la década de los años 70. Del Toro, gran admirador de esta, ha tejido una tela de araña argumental la misma que cubre la mansión encantada de la película para dar cohesión a varias de las más emblemáticas piezas espeluznantes de Schwartz. Una estructura que, sí, podría ser la de una novela de King con el tranquilo Mill Valley como un trasunto de cualquier pueblo del Maine del autor de “La Tienda”, pero que va desvelando su caligrafía dramática hacia el gótico, hacia un enfermizo romanticismo gótico poblado por espectros heridos y vengativos.
 
 
Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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