El baile de los 41 | República Cinéfila

La historia real de «El baile de los 41» es una película mexicana dirigida por el cineasta David Pablos, escrita por Monika Revilla y producida por Pablo Cruz que retrata los hechos de la famosa redada a una fiesta travesti sucedida en el año de 1901 durante la época del Porfiriato popularmente conocida como el Baile de los cuarenta y uno siendo el escándalo provocado por la redada que organizó la policía porfiriana para apresar a un grupo de homosexuales en una fiesta privada –la mitad de ellos vestidos de mujer– dio lugar a una leyenda que define, aún hoy en día, la actitud de la sociedad mexicana hacia esa comunidad ahora conocida por las siglas de LGBT.
 
«El baile de los 41», cuya cifra contabiliza el número de participantes y delata al fugitivo, el número 42, que habría correspondido al yerno de Porfirio Díaz en el escarnio, el abuso, los privilegios políticos, la hipocresía, el machismo, la letanía que aun sigue. Pablos («La vida después», 2013) tuvo el coraje de abordar este controvertido tema repleto de tabúes en el que se mezclan una pequeña historia y la Gran Historia; en el drama conyugal de Amada Díaz (Mabel Cadena) y de su esposo, Ignacio de la Torre (Alfonso Herrera) –político y aristócrata homosexual que se vale del parentesco con su suegro para sustentar su ambición de poder–, retumba el esplendor y la decadencia del Porfiriato, y la Revolución Mexicana misma.
 
Pablos apuesta por la representación plástica en vez de adentrarse en la novela, aún por escribirse ya que las intentonas literarias han sido fallidas, que debería conjugar un sinnúmero de niveles de realidad y apariencia, amor prohibido, amor sublime de una esposa que sostiene su dignidad y nunca se vive como víctima, junto con los juegos políticos de la dictadura. Apoyado con el guion de Mónika Revilla, el realizador sortea, lo mejor que puede, la caricatura con la que José Guadalupe Posada inmortalizó el estigma del «baile de los maricones», como se espetaba entonces; sobraban dilemas en cómo no ofender a la comunidad gay de la actualidad sin renunciar del todo al grotesco que provoca la disparidad de trajes y bigotazos en la época signo de masculinidad a prueba de balas, con vestidos de mujer, aretes y collares de duquesa; cómo construir la personalidad del protagonista, representante de lo más repudiado por el régimen revolucionario, que falsifica por completo el código de hombría en su matrimonio, cosa que redunda en el sometimiento de la condición femenina, que Pablos resuelve estupendamente en la escena de la noche de bodas. 
 
Actores como Alfonso Herrera o Sebastián Zurita (Evaristo Rivas, su amante) sostienen de manera sólida la propuesta, que afortunadamente nunca caen en la caricatura. Un buen tema de comedia sería imaginar a los galanes del cine de la Época de Oro, que oscilaba entre glorificar a don Porfirio y a la Revolución, en un rodaje de «El baile de los 41». En ese siglo mexicano que comenzaba, con lujo afrancesado, noches de gala, vestirse y bailar, todo consistía en imitar estereotipos de refinamiento europeo; posteriormente, la representación en la plástica mexicana glorifica la Revolución en murales y caricaturiza el lujo del porfiriato. ¿Cómo deshacerse de tales iconos? El director los aprovecha pero los carga de nuevos significados, los hombres se besan y acarician de acuerdo a la connotación moderna, el placer homosexual se ve legítimo, aunque eso en el contexto porfiriano, y en el actual, cuando la mujer queda expuesta al abuso y a la explotación como víctima colateral de la homofobia.
 
Y es que son pocas las veces que el cine mexicano contemporáneo se da el lujo de explorar los momentos que han construido nuestra biografía como país. La realidad que vive México actualmente es tan intensa –y dolorosa, en el mayor de los casos–, que una gran parte de nuestro cine actual se ha visto obligada a retratar en la pantalla las historias que nos rodean. El resultado, visto a la distancia, nos ha dejado un cine vibrante, muy apasionante, que ha sorprendido al mundo entero y llega a la cartelera de un país que se escandaliza más por dos hombres tomados de la mano que por la violencia brutal que ocurre día a día. Que esta película llegue 119 años después de lo ocurrido y que, además, lo haga bajo una innecesaria clasificación «C» para un público adulto, no hace más que reafirmarlo. Aquí hay diálogos, gestos e ideologías que, si no fueran acompañadas de carruajes y grandes vestidos de época, bien podrían ocurrir en el México que nos rodea. Vale la pena recalcar que estamos ante la primera película que aborda este tema y, quizá, como espectadores, pueda quedarnos la sensación de no haber sabido lo suficiente de estos hombres. Sin embargo, es curioso como, a partir de la historia colectiva de todos ellos, esta producción fílmica señala al gran antagonista de su trama que es la sociedad misma, una que aún está llena de machismo, de ideologías cuadradas, muy violenta y peligrosa para aquellos que no siguen sus reglas.
 

Mi 9 de calificación bien otorgado a «El baile de los 41» porque le echa una estupenda mirada al pasado y nos presenta un interesante contexto que termina siendo sorprendentemente actual en la visión del cineasta mexicano David Pablos que se adentra al corazón de uno de los episodios más controvertidos, polémicos y estigmatizados de la historia de México, porque sitúa la trama de su tercer largometraje oficial en la silla presidencial de dirección en aquel momento y el realizador siendo fiel a su filmografía, egresado del Centro de Capacitación Cinematográfica construye un retrato intenso pero sumamente respetuoso de lo que ocurría a puerta cerrada a inicios del Siglo XX en nuestro país, si bien no es una película que profundiza del todo en la historia de cada uno de estos hombres, la forma de verlos únicamente en su único espacio clandestino de libertad que logra mostrar a la perfección la homofobia que ha permeado a nuestro país desde entonces.
 
El Baile de los 41 | Cinépolis ENTRA
 
En la trama, la orquesta se prepara para la función y frente a los músicos, un grupo numeroso de hombres se alista para el gran momento de la noche. Mientras unos se ajustan un elegante frac, otros se acomodan la fina joyería que adorna los vestidos que portan con orgullo «El baile de los 41» está por comenzar. Pero en esta velada hay un invitado más; un hombre que, como el resto de sus amigos, tiene mucho que perder por estar aquí. El peligro se siente en el aire pero sin embargo, por un breve instante, nada de eso importa. El guion escrito por Mónika Revilla («Alguien tiene que morir»; «Juana Inés») sabe contener muy bien la intensidad que hay en esta historia, y le permite estallar en una secuencia por demás espectacular. Cuando los espectadores por fin somos parte del anhelado baile, las emociones a cuadro están bien desbordadas con la adrenalina presente en toda la trama que pasa de convertirse en felicidad a una amenaza inesperada.
 
Y cuando el peligro irrumpe en esta velada, el gran villano de la historia se revela ante los presentes. Dejándolos a ellos al fondo de la película, «El baile de los 41» voltea la mirada hacia un amor que late y se desangra paralelamente frente a nuestros ojos. Por un lado, este amor vive con fuerza en los encuentros clandestinos entre Ignacio de la Torre y Evaristo Rivas –Alfonso Herrera («The Exorcist») y Emiliano Zurita («Cómo sobrevivir soltero»), respectivamente–. Pero por otro se pudre rápidamente en los encuentros breves pero sumamente incómodos –y hasta violentos– entre Ignacio y su esposa, Amada Díaz (Mabel Cadena). Hablar de este trío en la pantalla es referirse a una de las fortalezas más grandes de esta película que termina siendo un triunfo más del cine LGBT en nuestro país; un cine que se ha nutrido de un creciente número de historias que, desde la pantalla, buscan retratar con respeto y sin estereotipos a esta valiosa comunidad.
 
Y si hay una razón por la que «El baile de los 41» trascenderá, ésa será por convertirse en un recordatorio de algo que no debemos olvidar y que nunca, bajo ninguna circunstancia, debe volver a ocurrir. Además de un gran diseño de producción –a cargo de Daniela Schneider («Monos»)– y la notable fotografía de Carolina Costa, –cinefotógrafa de cabecera de David Pablos–, no hay duda que la película «El baile de los 41» brilla por su elenco principal con las formidables actuaciones de Emiliano Zurita quien explota con éxito su vena dramática; Alfonso Herrera entrega uno de los mejores papeles de su carrera y el talento desbordante de Mabel Cadena sencillamente termina por robarse la pantalla. Luego de verla debutar este año en el cine nacional con «La diosa del asfalto», no hay duda de que lo que viene para ella será una trayectoria cinematográfica imparable. Estupenda producción fílmica porque la película «El baile de los 41» de verdad le echa una mirada al pasado y nos presenta un interesante contexto que termina siendo sorprendentemente actual, donde aquellos 42 hombres sirvieron para enmarcar una historia que construye demasiados paralelismos entre el México del Porfiriato con el de nuestro presente. Sin lugar a dudas esta es una de las mejores películas mexicanas de este caótico y difícil año 2020 que mira el pasado, pero con un buen tono de actualidad.
 
Lic. Ernesto Lerma, titular de la columna y sección periodística.

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