Viejos (Old 2021) | República Cinéfila

Viejos (Old) es la reciente producción fílmica de un director de cine que divide opiniones como lo sigue haciendo M. Night Shyamalan y otra de sus películas para odiar o amar con un filme plagado de momentos de gran tensión, amenazado constantemente por el trazo grueso.

Hay algo que resulta tan adorable como irritante en el cine de M. Night Shyamalan y que viene expandiéndose desde los tiempos de La Dama en El Agua (2006), la película que terminó de generar la grieta definitiva sobre su obra. Shyamalan filma universos fantásticos pero reproducidos en un ámbito mundano, trivial, donde lo fantástico se traduce en enrarecimiento. Y muchas veces esa anormalidad que registra de manera bastante impávida con su puesta en escena tan virtuosa como ascética, surge de situaciones que no temen lanzarse de cabeza hacia lo ridículo.

Así, las películas de Shyamalan se convierten en un constante creer o reventar. Y esto no es tan ilógico si pensamos en la materia que compone muchas veces los filmes del director de Sexto Sentido (1999), consumidas por una espiritualidad y religiosidad más que evidente. En la sinopsis oficial de la trama, una familia acude de vacaciones a un complejo turístico queriendo huir de sus problemas pero cierto día se les ofrece pasar un día en una playa tan recóndita como paradisíaca, donde podrán relajarse y disfrutar del tiempo juntos. Una vez en esta playa, sin embargo, descubren que el tiempo funciona de un modo distinto y aterrador dentro de sus márgenes. Viejos, su nuevo opus, es una película que parece sostenerse casi exclusivamente en esta idea rectora del cine de Shyamalan: una sucesión de hechos absolutamente inusitados que explotan en la cara de los personajes y del espectador, y sobre los que conviene no detenerse demasiado si uno decide creer.

Y si bien el director recupera aquí su cualidad para construir tensión, el problema a veces es que la religión de Shyamalan exige mucho a cambio. Una escena de Viejos parece sintetizar los límites sobre los que trabaja Shyamalan aquí, y en cualquier película. En ella, al personaje de Vicky Krieps le tienen que extirpar un tumor que venía amenazando con representarse casi desde la primera escena. Uno de los que rodea a Krieps dice que el tumor “tiene el tamaño de un melón”, frase que es casi siempre una exageración literaria, una licencia poética que tenemos para llevar las cosas a los extremos. Finalmente, cuando le extirpan el tumor, el mismo tiene efectivamente el tamaño de un melón y ahí uno no sabe si liberar la tensión que la escena tenía o decididamente soltar la carcajada por lo increíblemente grosero que es todo.

Claro que Shyamalan suele filmar con una solemnidad enorme que no solo impide la risa, sino que también demuestra que él cree absolutamente en lo que está contando. Y uno respeta esa determinación, esa honestidad y coherencia, aunque no puede dejar de notar que en ocasiones sus películas se construyen sobre truquitos de prestidigitador o evangelizador, el término cabe un poco chanta. En el centro de Viejos, Shyamalan retoma uno sus temas, que es la disolución de la pareja y la búsqueda de aquello que nos une, aún en medio de la tragedia, que es lo que les ocurre a los personajes de Gael García Bernal y Vicky Krieps. No deja de ser divertido -otra vez- que para el director el matrimonio termine siendo el pacto entre una sorda y un ciego. Sin embargo, ese asunto queda como una anécdota detrás de una trama que termina resolviéndose en un largo y fallido epílogo.

Viejos falla ahí porque no logra que el misterio se resuelva a la par de los conflictos de sus personajes, que era lo que sí alcanzaba en la magnífica y ajustadísima Sexto sentido. Lo que nos queda en definitiva es todo ese largo tramo en la playa con el relato coral de un grupo humano en absoluta putrefacción, y no solo porque los personajes se van volviendo cada vez más viejos hasta la descomposición de sus cuerpos. Shyamalan registra todo esto con su calidad narrativa habitual, con movimientos de cámara extraños que profundizan el enrarecimiento constante, aunque las actuaciones exasperadas y el trazo grueso nos saquen por momentos del encantamiento de la puesta en escena. Viejos es una de las películas más serias de Shyamalan porque aquí hay poca cabida para el humor o para aligerar un tema tan tenebroso como es el de envejecer rápidamente y ver a nuestros seres queridos hacer lo mismo en una trama que es muy sencilla y algo aterradora. Naturalmente, al tratarse de una cinta de Shyamalan, sería fácil esperar giros con sus típicas vueltas de tuerca en la trama y con sorpresas, pero aquí el único giro que ocurre es a lo largo de la película y a la constante pregunta de qué va a ocurrir en el minuto siguiente, porque es como una carrera contra el tiempo y éste está ganando con cada segundo con la playa como escenario paradisiaco es aquí transformado en una cápsula de tiempo que atrapa a todo el que se atreve a pisarla. Nos presenta como pocas veces en el actual cine de Hollywood que algo bello y pacífico puede ser de alguna manera la antesala al infierno.

Viejos Old 2021
(from left) Prisca (Vicky Krieps), Maddox (Thomasin McKenzie), Guy (Gael García Bernal) and Trent (Luca Faustino Rodriguez) in Old, written and directed by M. Night Shyamalan.

Mi 7.5 de calificación a esta cinta, porque en su fondo la vida humana es tan efímera como grandiosa, y nadie como Shyamalan para demostrarlo. Es evidente que una película como El Sexto Sentido ha determinado toda la trayectoria cinematográfica posterior de M. Night Shyamalan. No tanto como maldición aunque la unanimidad despertada y la presencia del final sorpresa hayan desembocado en unas inercias ocasionalmente catastróficas, como en forma de sobria carta de presentación de unas inquietudes específicas; las mismas de las que apenas se ha apartado nunca.

Solo hay que recordar aquella secuencia en el coche, con Haley Joel Osment y Toni Collette. Un accidente de tráfico, la presencia de un fantasma recién creado, una comunicación desde el más allá que nos demuestra lo insignificantes que somos paralelamente a reclamar la importancia de que seamos juntos. Todo el cine de Shyamalan está concentrado en esa secuencia. Shyamalan entrega así una obra que nos sumerge en el terror de una simple y sencilla idea: envejecer. No se pone moralista, ni nos da una moraleja cursi al estilo La Sociedad de los poetas muertos con su ‘Seize the day’ (‘Aprovecha el día’). Aquí Shyamalan, a diferencia de la novela gráfica en la que está basada la película, ofrece respuestas.

Quizá debió detenerse unos cinco o diez minutos antes de los créditos finales para que su película fuera más contenida. No obstante, eso no impide que Viejos sea una experiencia cercana a la desesperación de vernos arrugas conforme pasa el tiempo. De saber que no hay nada que podamos hacer para vencer a uno de los peores enemigos de la humanidad… y al cual ni siquiera le importamos. El director siempre ha tenido muy claro qué era lo que quería decir, de modo que la mayor parte de su irregular filmografía transitara por unos terrenos escrupulosamente fieles a sí mismos. Ha habido una evolución, sí, pero no era una para la que estuviéramos preparados: Shyamalan ha ido perdiendo el contacto con las convenciones que guían el mainstream del que, como creador ferozmente popular que es, nunca ha querido apartarse.

Al ser partícipes de este escenario de terror, lo que llegamos a pensar como audiencia es en las reacciones de los protagonistas. En el qué haríamos nosotros si estuviéramos en esa posición. Quizás algunos lleguen a dudar de las decisiones que se toman en la película o piensen que es ilógico lo que hacen. Pero hay que recordar que en momentos de tensión y poco conocimiento de lo que ocurre, la gente hace cosas como comprar papel de baño en cantidades industriales… como sucedió al principio de la pandemia. Así que ya sabemos de buena fuente que, en momentos de desesperación e incertidumbre, cualquier puede tomar decisiones muy estúpidas. Sus guiones, vaya, han sido sucesivamente peores, pero solo desde un punto de vista terrenal.

Se han ensimismado, se han dejado llevar plácidamente por su mirada maravillada, y se han deshecho en diálogos ridículos, capaces de provocar el distanciamiento de un público acostumbrado a una gramática muy distinta. Con su defensa implacable de la ingenuidad y los afectos, Shyamalan cada vez ha sido peor novelista y mejor poeta, y puede que Tiempo sea la mejor constatación posible de este milagroso estatus creativo. Basada libremente en una novela gráfica de Pierre-Oscar Lévy y Frederick Peeters, Tiempo nos presenta un escenario proclive al body horror y al melodrama pero también a la reflexión existencial. En esa playa que sufre el paso del tiempo con diabólica virulencia, los seres humanos se enfrentan a miedos primordiales como la vejez y la pérdida, visualizados con un control absoluto del espacio a través de una cámara inquisitiva y sinuosa.

Shyamalan siempre fue un realizador superdotado, y aún así el nivel alcanzado en Tiempo roza la obscenidad: la combinación de planos fijos aberrantes, tomas circulares y distintas irrupciones de la subjetividad de los personajes (atención a cuando asumimos la mirada de Gael García Bernal en una situación muy precaria para él) nos remite a un cineasta ansioso por explotar el potencial perturbador de la imagen, sin necesidad de mostrar nada en sí mismo sangriento o terrorífico: el terror se logra porque el cine se lo encuentra por el camino, generándose a partir de un cúmulo de intuiciones y juegos meditabundos donde Shyamalan demuestra haber superado con holgura a sus maestros. ¿Los diálogos son terribles? ¿Las actuaciones hilarantes? A veces, y en este caso importa bastante menos que la otra rémora habitual del director aquella consistente en desenlaces impactantes con sobreexposición agotadora incorporada, porque se extraen de un chorro de creatividad casi esotérica, derramada sobre las arenas de una playa paradisíaca donde cabe la vida entera y todas las grandes preguntas que nos hagamos sobre ella.

Esta cinta fue filmada durante el pico de la pandemia por el Covid-19, Shyamalan sorteó como nadie los contagios que podrían haber tenido durante la producción. Por un lado la película en sí misma no exigía el cambio de escenarios. Por otro, su limitado elenco les permitió autoaislarse sin problema alguno. La producción terminó siendo un espejo de la trama misma: el mundo libraba una enfermedad que desconocían y que quizá los hubiera matado. Shyamalan es consciente de la potencia del concepto y de lo bien que se ajusta a sus obsesiones, de ahí que sea inevitable que Tiempo albergue los instantes más febriles y bellos de su cine. Entre la histeria de las películas El Incidente y el romanticismo de El Bosque, entre la fe de Señales y la clarividencia de El Sexto Sentido, Shyamalan ha construido una obra algo menor. Una a la que hay que volver una y otra vez en el futuro, haciéndonos más viejos mientras la cinta Viejos con la pesadilla de la que nadie en el mundo podrá escapar y que permanece intacta escuchándonos y comprendiéndonos.
 
Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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