Rifkin’s Festival | República Cinéfila

Rifkin’s Festival, La última película de Woody Allen intenta ser un ejercicio de autocrítica, pero se queda en una indulgencia obtusa con un filme simpatico pero sin mucho humor a pesar de su ligereza evidente. Actualmente hay un chiste recurrente en Rifkin’s Festival que es bastante sintomático de la película y hasta del momento personal del veterano cineasta estadounidense.

Bueno, no sé si es un chiste, porque es muy poco gracioso, pero sí al menos una situación curiosa que se repite: Mort (Wallace Shawn) observa cómo su esposa Sue (Gina Gershon) charla muy íntimamente con el director Philippe (Louis Garrel), y empieza con un monólogo como para llamar la atención, cosa que no logra. Entonces Mort se queda hablando solo, dejando sus ideas a medio terminar, sin lograr conectar con el entorno. Y Rifkin’s Festival es un poco eso, un viaje al mundo interior de un tipo cuyas ideas ya no le interesan casi a nadie, alguien pasado de moda, que entra en crisis por eso mismo y que debe encontrar nuevas motivaciones.

Si hacemos la traslación habitual de que los protagonistas de las películas de Allen son avatares del propio director, sin dudas que en Mort el autor parece exorcizar su presente: marginado de los Estados Unidos, sin productores que le pongan dinero para filmar, con películas que se estrenan a destiempo (si se estrenan) y alejado ya del centro de la escena para un público que antes lo cobijaba como un tótem cinéfilo. Esa amargura, que puede ser consciente o no y que en verdad surge de algo externo y no del material, le da a la película una rugosidad o al menos una intención, algo que la perezosa historia y sus diálogos desangelados no logran por propio peso. Como cada vez que Allen ha hecho un run for cover europeo, parece tomar viejas ideas, desordenarlas y reacomodarlas como para disimular un poco. Pero no, por más esfuerzo que haga, se nota.

Lo que sucede en Rifkin’s Festival es como un remedo de Recuerdos, aquella en la que interpretaba a Sandy Bates, un director que acudía a un festival donde lo homenajeaban, y que entraba en crisis respecto de su carrera y su propia existencia. Lo que cambia, lo diferente, es que ahora el alter ego alleniano no es el protagonista de la escena, sino un comentador, alguien lateral: Mort acude al Festival de San Sebastián no como figura venerada del cine, sino como acompañante de su esposa, que trabaja como encargada de prensa. Desde ese lugar es que mira y acota, que opina, sin que sus comentarios logren efecto alguno. Si en Recuerdos se filtraba el imaginario cinéfilo de Allen, expresado fundamentalmente a partir de una relectura de 8 y ½ de Federico Fellini, aquí sucede algo similar: cuando profundiza la idea de que su matrimonio se está muriendo, Mort comienza con sueños recurrentes, pesadillas, que tienen las formas de películas de sus ídolos, Fellini, Bergman, Rohmer y más…

Son procedimientos habituales en el cine del director, y aquí funcionan como signo distintivo, como aquello que saca a la película de su perezosa trama de amores cruzados, expresada sin mucho entusiasmo y con bastante tedio. El gesto de Allen, por otra parte, muestra lo fatuo de toda la película. Si en 1980 la reescritura de una película de Fellini presentaba su osadía, Recuerdos no dejaba de ser además una obra autorreferencial interesantísima plagada de ideas y narrada con energía y mucho humor. En contrapartida, pensar en Fellini o Bergman, al menos en la forma y el marco en que Mort/Allen lo hacen en Rifkin’s Festival, es un poco reflexionar sobre letra muerta, casi desde un espíritu museístico que se da la mano con el esnobismo insufrible del personaje, cuyas ideas sobre el cine del presente son reduccionistas y miserables.

Pero además hay una mirada que excede al personaje y que es de la propia película, que permite una relación entre fondo y forma que no resulta satisfactoria. Y por más que Mort caiga en cuenta hacia el final de que ha sido un viejo bastante pelotudo, la película no termina de hacer carne ese proceso del personaje porque en lo concreto es sumamente autoindulgente: no le da voz a los otros personajes, impide los cuestionamientos externos y hasta incluso en la sesión de terapia donde surge el flashback que construye el relato, Mort habla 90 minutos sin parar y cuando le toca el diagnóstico al terapeuta, Allen decide dejarlo en off, cerrando la historia. Rifkin’s Festival es, por lo tanto, la imagen esa de Mort hablando solo y un poco a los gritos. Un poco patético. En la trama de esta cinta, el devoto del cine Mort Rifkin (Wallace Shawn) acompaña a su esposa publicista Sue (Gina Gershon) al Festival de Cine de San Sebastián en España, preocupado de que su fascinación por su joven cliente, el director de cine, Philippe (Louis Garrel), pueda ser más que profesional.

Además, Mort espera que el cambio de escenario le dé un respiro a su lucha por escribir una primera novela que esté a la altura de sus estándares imposiblemente exigentes. Allen se mimetiza no con uno sino con dos alter egos: un neurótico exprofesor de cine neoyorkino que pretende, sin conseguirlo, escribir la gran novela americana (es fácil percibir el presente del propio cineasta) y, el ‘enfant terrible’, joven y a la moda, del más apreciado cine de autor (que presenta su último filme, ‘Sueños Apocalípticos’, y que podría haberse titulado ‘Nuevo Orden’, de Michel Franco). No sin reírse de su excesiva pretensión, el cineasta parece estar hablando también de su pasado (cuando él era ese joven e idolatrado cineasta) y de lo que le gustaría para su futuro. Su película, como este festival es el de todos los festivales, es el film de todas sus referencias del séptimo arte. En un prodigioso blanco y negro homenajea, hasta en nueve ocasiones, a sus ídolos de cine con unos sueños del protagonista en que presenta su propia versión de los clásicos: la nouvelle vague, Jean-Luc Godard y François Truffaut, los americanos, los americanos, Orson Welles, europeos, Ingmar Bergman (su preferido por el número de recreaciones, al menos, ‘Persona’, ‘Fresas salvajes’ y un divertidísimo ‘El séptimo sello’) y hasta los españoles, con Luis Buñuel. El ambiente de ensueño al norte de España es ocasión para la fantasía y el romance. La prodigiosa cámara de Vitorio Storaro vuelve a hacer un trabajo preciosista, muy similar al que hizo con las imágenes sublimes de Cafe Society (2016). Esta es una obra en cierta manera menor del neoyorkino, la cinta contiene algunos diálogos afilados, aunque extrañamente poco inspirados, que son un pronunciamiento obvio, en forma de protesta artística, hacia la industria actual de la cinematografía. El joven Phillipe es como todos los cineastas nuevos, a los que observa Allen, carentes de sustancia, pero atractivos para el público, porque son ocasión para los chismes y el juego de medios.

Rifkin's Festival

Mi 8 de calificacion a esta cinta que aunque no hay Woody Allen malo. ¿Por qué? Pues porque es absurdo, a estas alturas, ponerse a deliberar sobre si una de sus películas es menos buena que las otras, sobre si la-de-este-año-tal-o-la-del-año-pasado-pascual. Este enjuiciamiento tendría sentido en otros momentos de su carrera, para calibrar tonos, calidades, texturas, aciertos, errores, maravillas y miserias. ¿Ahora? No le veo el sentido a escudriñar anualmente el Woody Allen de turno a la búsqueda de atonías, perezas y estados vacuos de inspiración. Allen ahora mismo, y ya hace años, es un río, con sus curvas, sus piedras, su caudal, torrencial o exiguo. Cada película es un meandro, cada año una fiesta, un regalo, ora lujoso, ora de baratillo.

El que un matrimonio estadounidense acude al Festival de Cine Internacional de San Sebastián. Ambos quedan prendados del certamen, así como de la belleza de España y la fantasía del mundo del cine. Ella tendrá un affaire con un brillante director de cine francés, que a su vez se enamora perdidamente de una chica de la ciudad. A Rifkin’s Festival hay que verla como un cuadro impresionista, dejarse llevar, celebrar los aciertos y maldecir aquellos instantes de sopor que a uno le cabreen. Existen, claro. Los personajes están poco trabajados, casi nada trabajados de hecho –incluso te sabe mal por Gina Gershon y Louis Garrel– los planos y contraplanos están mal montados y la escena de Sergi López, en fin…Hay dos películas en ella, dos intenciones, dos miradas.

La instrumental –San Sebastián, las parejas, los personajes– y la intencional –los homenajes cinéfilos, el blanco y negro, los cineastas, la vejez–. No conviven especialmente bien pero nada, tampoco un trazo reumático, amedrenta a Allen en esas aguas fluviales en las que siempre es importante poder bañarse. Rifkin es él, claro, y es un gusto que lleve el rostro de Wallace Shawn, tantos años cómplice imprescindible, tan inquebrantable amistad forjada en el tiempo y en el cine. Por cierto, no acabo de comprender tampoco la obsesión por reprochar a Allen una y otra vez el tema de las postales. ¿Por qué hay quien odia tan a muerte las localizaciones de San Sebastián y Barcelona en el cine de Allen? ¿Las de Londres les parecen mejores? ¿Las de París? “Si retratan lo mío me parecerá una postal”. Provincianismo inverso. De entrada, ya sorprende que un cineasta octogenario mantenga el espíritu jovial que siguen exhalando sus últimas obras, ya sean más graves (Wonder Wheel, 2017) o más ligeras (Día de lluvia en Nueva York, 2019).

Pero es que, encima, este cineasta, Woody Allen, atraviesa en lo personal la eta- pa más gris de su existencia, y es un milagro que el calvario padecido no deje huella en sus imágenes; al contrario: viendo Rifkin’s Festival, que es de las ligeras, nadie diría que su artífice es hoy una criatura pública y mediáticamente demonizada. Está claro que el cine es su vacuna (y la nuestra) contra los males del mundo real. El film destila alegría, frescor y aires vacacionales, las mis- mas virtudes de La taberna del irlandés (J. Ford, 1963). Aquí las vacaciones transcurren en San Sebastián, en su festival, marco idóneo para que Allen, atando de nuevo una trama coral de frustraciones sentimentales, adulterios y flechazos súbitos que fluye con aérea precisión, desate su pertinaz cinefilia con una catarata de citas y declaraciones de amor, reelaborando visualmente obras señeras de Bergman, Welles, Fellini o Godard o fustigando con saña las vanidades de jóvenes cineastas franceses que solo tienen ojos para su ombligo (¡y con qué gracia se presta Louis Garrel a la caricatura de este estereotipo!).

Como mascarón de proa, un formidable Wallace Shawn paseando por las calles, plazas y parques de la ciudad donostiarra como el propio Woody por Manhattan con lo mejor de la cinta que es su desbordante amor al cine y con lo peor que los aguafiestas de costumbre sigan empeñados en ver a un cineasta ya senil. Si gran parte de la última obra del célebre cineasta, excepto ‘Match Point’ (2005) y ‘Blue Jasmine’ (2013) sus obras maestras de los últimos veinte años, dejaba un gusto de entremés (agradables a la vista pero que no llenaban el estómago cinéfilo), hay que reconocer que ‘Rifkin´s Festival’ es una muy agradable sorpresa. Un nostálgico, romántico e irónico programa en el que el cineasta filma su manual de estilo de referencias literarias y cinematográficas, añadiendo el toque juguetón de los cameos de Alfred Hitchcock. El espectador puede jugar a intentar localizar a las celebridades nacionales que aparecen brevemente en varios planos: Lucía Olaciregui, Iñaki Salvador, Joxean Fernández o, hasta el mismísimo director de Donostia Zinemaldia, José Luis Rebordinos.

San Sebastián y su festival no podía haberse imaginado una mejor fotografía, Vittorio Storaro (‘Apocalypse Now’ o ‘El último emperador’, entre muchas otras joyas) para retratar la ciudad. Nunca se había visto tan bella, encantadora y luminosa la ciudad y la película se deshace en halagos, durante todo su metraje, tanto por ella como para su festival. Y qué razón tiene. En medio de estas cavilaciones sobre el matrimonio que se desmorona, recurrentes del cineasta, Rifkin alucina con el cine. En escapadas oníricas, fotografiadas en blanco y negro, tiene vivencias que son escenas de Buñuel, Bergman, Godard, Truffaut, en las que él es protagonista, en medio de escenas que son su loa particular a los grandes maestros del Séptimo Arte.

Si su mujer puede caer en los brazos de un célebre artista, él también se da una oportunidad de escapista para tener su propia aventura. La doctora Rojas (Elena Anaya), a la que visita por una dolencia menor, es la materialización de una anhelada compañía. Bella y en crisis matrimonial, es su guía por el recorrido turístico en lugares propicios para el romance, aunque sus intenciones tienen motivos diferentes. Este es en cierta manera casi su testamento artístico con el mejor legado para el público: con un amor absoluto al mundo del cine e incondicional al Festival de San Sebastián, a donde acuden por trabajo de ella, es ocasión para que pasen unos días cuestionándose el sentido de su matrimonio, convirtiendo sus vidas en una especie de película de esas que van a ver en un show mediático, que a decir de Rifkin – Allen, le resta protagonismo a las películas, que son cada vez más intrascendentes, triviales, ligeras, a diferencia de las que proyectaban en los años de su lejana juventud, cuando importaba esa forma añeja del solemne cine de autor. En tono de comedia, Allen toma la infidelidad como el pretexto para la reflexión y se da la oportunidad de reírse de sí mismo, como un tipo que a veces puede ser pretencioso con los alcances de su obra. El veterano, sin atractivo físico, aburrido y poco elocuente, porque sabe que está en desventaja en el juego del amor. Rifkin’s Festival: Un Romance Equivocado, en el lugar adecuado es en realidad todo un pronunciamiento y a la vez un homenaje.

Lic. Ernesto Lerma, titular de la seccion y columna periodistica.

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