Netflix Oscares 2022 | República Cinéfila

Los premios de la Academia son este fin de semana y para entrar de lleno en el espíritu de los premios, esta semana Ernesto Lerma nos regala su Crítica/Reseña personal a cuatro de las aclamadas películas de Netflix nominadas en varias categorías a los premios Oscar 2022 con El poder del perro, La hija oscura, Tick, Tick… Boom! y No miren arriba. 

Todas producciones cinematográficas originales de primer nivel en la plataforma de streaming que la Academia ha valorado para su consideración en la entrega de premios de este año con varias historias como formidables dramas sobre vaqueros gay, la tensa relación familiar entre una madre e hija, el interesante proceso creativo de un joven compositor musical y la divertida como objetiva farsa sobre el fin del mundo.

El poder del perro con mi 9.5 de calificación es la película de la aclamada cineasta Jane Campion que trabaja los vínculos entre los personajes con mucha precisión. Su desarrollo es observacional, pero hacia el final permite un adecuado giro argumental y formal.

En la trama de la historia del filme El poder del perro, nos cuenta la relación entre dos hermanos que trabajan el ganado en la Estados Unidos rural en el año de 1925 que comienza a complicarse luego de que uno de ellos se casa con una viuda y la lleva, junto con su hijo, a la casa que habitan los dos. La última película de Jane Campion trabaja el drama relacional con una sensibilidad notable, planteando un escenario de emociones complejas en personajes con luces y sombras. Se toma su tiempo para hacerlo, acosándolos en busca de una verdad oculta que se proyecte en sus rostros. Las virtudes que resultan de este estilo, sin embargo, tienen su reverso en cierto decaimiento del ritmo: es difícil no pensar que esta misma historia podría haberse contado aun quitando unos veinte minutos. Su dedicación a estos ejercicios introspectivos es exclusiva, salvo en el final cuando la película da un vuelco importante e introduce cierto efectismo.

Es interesante pensar la consecuencia de este cambio en cuanto a la relación narración-espectador: si hasta ese momento el relato se mantenía independiente, ocupándose de sí mismo y sin prestar atención a quien lo observa, de repente nos mira a la cara y nos guiña el ojo al tiempo que ejecuta un giro argumental que, en sí mismo, es más que interesante. La pregunta es si este cambio súbito en la actitud de la película se da en detrimento de su calidad: tal vez sería así si la trama emocional de los personajes no se hubiera planteado en los términos de un misterio a resolver. Pero no es el caso. El guion exige una respuesta final y esta es bastante satisfactoria. “Simplemente es un hombre. Otro hombre más”. No resulta demasiado aventurado imaginar cierta intención de Jane Campion en las palabras de Rose, uno de los personajes de El poder del perro.

Dada su condición de cineasta pionera en un tiempo en el que cualquier paso suponía abrir camino, la directora de El piano (1993) tuvo que encontrarse en situaciones en las que pudo pensar como el personaje que Kirsten Dunst interpreta en su nueva película. En El poder del perro, la actriz, tan soberbia que uno se da cuenta de lo mucho que se la ha echado de menos en los últimos años, encarna a una mujer débil atrapada en el Oeste más duro. Su matrimonio con el educado ranchero George (Jesse Plemons) no gusta un pelo al hermano de este, un tipo con malas pulgas y un sentido de la crueldad muy desarrollado que te hará cambiar la opinión que seguramente tenías de Benedict Cumberbatch como hombre afable y capaz de los mejores modales.

El actor borda a este villano del día a día que atosiga con su masculinidad tóxica a su nueva cuñada y al hijo de esta, un afeminado estudiante de medicina al que interpreta con absoluta precisión un muy joven Kodi Smit-McPhee. En la puesta en escena, Campion transita por los parajes habituales del genero cinematografico del western clásico, aunque su Oeste, como el de Los hermanos Sisters, es uno moderno en el que hasta se puede estudiar en una universidad de élite. Como ya sucedía en la novela de Thomas Savage, a medida que avanza El poder del perro, la película va adquiriendo trazas de un thriller que Campion distribuye con enorme sutileza. Casi sin acción, apoyándose en el fondo con sus personajes y en las finísimas interpretaciones de los actores que los encarnan, sobre todo con Benedict Cumberbatch que borda este western dramatico con trazos de thriller y logra, con el permiso de la estupenda cinta El hilo invisible (2017), del director Paul Thomas Anderson, componer una de las historias más deliciosamente perversas de los últimos años.

La hija oscura con mi 9 de calificación a la película de la actriz Maggie Gyllenhaal que habla sobre la maternidad desde un lugar diferente y original siendo un filme plagado de símbolos que a su vez se aleja de miradas intelectuales.

El largometraje ambientado en una isla griega, nos cuenta lo que una mujer madura en sus vacaciones se vincula, merced a la casualidad, con otra, que pierde, como alguna vez hemos perdido las madres, a su hija, brevemente, en el balneario. No es casual la elección de la profesión de la mujer, Olivia Colman, ni su nombre, Leda, en la ficción, y ya se verá por qué. No es casual la pérdida y hallazgo de una muñeca. Escenas paraguas y escenas espejo, en términos de tragedia shakespereana se dan en esos flashback en los que Leda recuerda, en el sentido de pasar, y aquí con dolor, dos veces por el corazón, su maternidad cuando era joven.

Cuando su talento como traductora la puso en un dilema. La traducción en sí, siempre es un dilema. Una elección del término correcto. Y nunca lo hay, o lo hay, y hay que arriesgarse. Y mucho. Porque toda traducción es una versión. Y dicen que la traducción es una traición. Una pista. Si en el presente hay una pérdida, breve, de una hija ajena, en el pasado hay una elección. Hubo una elección. Una hija, dos. No importa. Hubo una elección. Una traducción de la propia vida. Y entra en juego la muñeca. El encuentro, el encubrimiento, lo que decidirá Leda. En manos de quién quedará. ¿De qué madre? ¿O de la infante? Y es precioso este juego, porque aquí el guion da para más. Porque no todo está cerrado, ni en esta historia, esta trama, ni en la vida, ni en el presente que vivimos, en donde muchas mujeres creen -algunas hemos creído-, que habíamos conquistado todo una vez superadas las culpas. Culpas de haber elegido la maternidad a la par de una profesión.

Culpa de haber sentido el peso de la maternidad. El peso del trabajo. Culpa en el diván, culpa, culpa. Y otras mujeres, intelectuales también, o no, y jóvenes, mayores de edad o casi, creyendo que la sororidad en los términos que se ha dado es la última palabra. Y que la sororidad va casi de la mano de la no maternidad, o de la maternidad en solitario. O de… Pues no, la palabra final, en este siglo, la tendrán quienes van a salita de cuatro. Y así, la última palabra, o la penúltima, la tendrán las infantes. Magistral el juego del tiempo y las dos LedasLedas cerca de algún peligroso cisne, Pero siempre hay cisnes en la vida de cada una, de cada uno… Y pobres cisnes, los de verdad, acusados por la mitología. Una película para no ceder a los extremos. Para dejar pasar por un rato tanta intelectualidad plagada de teorías que a veces no contempla la vida misma, con sus pros y contras, con sus grises y bemoles. Claro que es un acierto que esta Leda en la ficción, con su Leda joven a cuestas, elija Grecia, cuna de nuestra formación, con todas sus maravillas y sus males. Males que afrontará tan, tan lejos de esa otra película Yo amo a Shirley Valentine.

Registro de otra época, sin embargo tan cercana, en donde la rebeldía pasaba por otro lugar, hoy en día tan habitual, patear el tablero, tomando vino y comiendo aceitunas viendo el Egeo. El gran acierto, hoy patear el tablero no es necesariamente dictaminar que la maternidad es un karma, ni una bendición. Cada mujer la tomará, o no, como un deseo, y como tal, la enfrentará y afrontará o disfrutará. Y según sea el caso, más bien los primeros, podrá redimir eso que la sociedad patriarcal y también la sociedad sorora, indican como culpa. Palo porque bogas, palo porque no bogas. Al fin de cuentas, los vínculos se dan, se destruyen y se construyen. Se rompen y se unen. Y aunque medie la distancia, esta también se puede reparar. Y no en plan de Disney. Excelentes actuaciones. Impecable dirección. Tienen que verla. Y la Leda adulta, también es una Reina. Esta es una cinta muy apta solo para cinefilos entendidos.

 

Tick, Tick… Boom! con mi 8.5 de calificación para el actor Lin-Manuel Miranda que debuta en la dirección cinematográfica con este biopic sobre el compositor Jonathan Larson con una puesta en escena atractiva y una gran actuación de Andrew Garfield.

En este presente de diversidad marketinera con el que cine de Hollywood lava a sus culpas, la figura de Lin-Manuel Miranda ha ganado centralidad: si bien es más neoyorquino que la hamburguesa, a partir de los orígenes portorriqueños de sus padres su figura representa un imaginario de latinoamericanidad exitosa, de mestizaje que fue, vio la América y triunfó. Sobre eso discutía un poco internamente en En el barrio, el musical con guiños a Amor sin barreras que creó para Broadway y que llegó a los cines el año pasado. Si hay algo que sobresale en la obra de Miranda es un cierto exhibicionismo formal y un histrionismo que por momentos se vuelve un poco intransitable, con una simpatía extorsiva que pone la empatía por delante del rigor narrativo. Pero hasta ahora su figura era más que nada una influencia, a partir de canciones compuestas para películas o su presencia como actor.

Con Tick, Tick… Boom! le llega la hora de probarse como director y, teniendo en cuenta los antecedentes, se podría decir que estamos ante una película que modera su estilo y se vuelve bastante honesta. Tick, Tick… Boom! es la adaptación del espectáculo musical del mismo nombre, una obra autorreferencial del músico y compositor Jonathan Larson, creador de Rent, espectáculo que fue un éxito en los 90’s pero que nunca llegó a ver: murió pocos antes del estreno. Es cierto que Tick, Tick… Boom! ofrece para Miranda un universo que conoce desde adentro, pero además la figura de Larson es una de sus favoritas: el compositor era representante de una bohemia tardía que allá por los 80/90 hizo evidente los márgenes sobre los que Nueva York comenzaba a construir un imaginario turístico.

Larson atendía las mesas de un café, mientras trabajaba esforzadamente en la escritura de Superbia, un musical bastante ambicioso, con el que pretendía revolucionar la puesta en escena de los musicales de Broadway. En la figura de Larson lo que se representa es la figura del artista un poco torturado, que lucha contra un entorno difícil y contra sus propios demonios, mientras se dirimen temas como la vocación, el vivir del arte o elegir el pragmatismo de una vida acomodada. Y, a partir de eso, los juicios de valor sobre los que edificamos nuestro punto de vista. Si bien la película intenta edificar en Larson la imagen de un mártir, uno de los problemas es que la mirada del mundo que tenía el compositor no excedía la figura del progresista biempensante que recorta la realidad como si fuera un aforismo.

Eso se puede observar en algunas de sus canciones, que lucen anticuadas en sus figuras poéticas y metáforas. Sin embargo Lin-Manuel Miranda demuestra algunas ideas de puesta en escena que son atractivas, narra este biopic con una energía contagiosa, se aprovecha muy bien del relato autorreferencial para eludir la responsabilidad de la fotocopia historicista y cuenta con una herramienta fundamental: Andrew Garfield, un actor con una carrera fílmica muy interesante que ha atravesado ciertos vaivenes, pero que aquí no solo demuestra grandes dotes para el canto sino que además sabe encontrar esos rincones en los que el personaje deja atrás cierta pose superada para desarmarse en toda su debilidad emocional. En definitiva, Tick, Tick… Boom! es una película original de la plataforma Netflix que nos habla sobre el proceso creativo y el actor y director parecen saber de lo que están hablando Y obviamente nos lo transmiten totalmente.

No miren arriba con mi 8 de calificación para el cineasta Adam McKay que construye una sátira repleta de estrellas, que no es demasiado graciosa pero que resulta ardua y agotadora.

Este es un filme subrayado que se va desarmando en el camino. No miren arriba, la nueva comedia de Adam McKay, se convirtió en el tema de conversación en redes sociales y en los medios durante los últimos días del año pasado 2021. Es un fenómeno propio de las plataformas de streaming, que lanzan una película a nivel global y la meten adentro de los hogares de todos los ciudadanos del planeta al mismo tiempo bueno, al menos de los que tienen Netflix, Amazon, HBO Max y el etcétera es cada vez más largo, convirtiéndola en un evento del que pocos pueden escapar.

Esto no sucede siempre, porque claramente no todas las películas que se estrenan en plataformas logran ese nivel de interés, pero aquí el tema sumado a un elenco multiestelar fortaleció el impacto. Y los resultados de la película hicieron el resto, un filme con la suficiente efectividad como para que sus tópicos se impongan, lo que derivó en una grieta en la que todos deben imponer su gusto con exageración; los que la consideran lo mejor del año y los que la consideran un desastre astronómico. Que ni una cosa ni la otra, pero este tipo de divergencias potenciadas es cada vez más habitual en los debates sobre cualquier cosa: desde una discusión sobre el Gobierno hasta una discusión sobre la pizza con ananá.

Lo que sí está claro es que si No miren arriba se hubiera estrenado solo en salas de cine nunca hubiera conseguido semejante nivel de interés, y esto -tal vez- es un poco contradictorio con una película que justamente pone el dedo acusatorio sobre una porción de la sociedad que aparece absorbida por el poder de las redes sociales y la virtualidad. Esta contradicción que señalo seguramente sea la parte más rugosa e interesante de la película de McKay, porque representa nuevamente un problema del cine: el de creerse superior a todos los demás medios de expresión. Eso estaba en el cine paranoico de los 70’s, que ponía a la televisión en el rol del enemigo, y ahora sucede con las redes sociales y los gurúes informáticos, que son los nuevos y repetidos villanos, como una suerte de malo de James Bond pero sumamente estúpido el insoportable personaje de Mark Rylance es como una exageración border del que interpretó en Ready Player One.

No miren arriba es precisamente un órgano demócrata para burlarse de viejos estereotipos la presidente evidentemente republicana que interpreta Meryl Streep como también de nuevos paradigmas de estupidez la cantante pop que interpreta Ariana Grande, que confunde la vida virtual con la vida real. McKay transita por esa cornisa delgada y peligrosa de los escritores de sátira, cuando piensan que el mundo está lleno de imbéciles y ellos son los únicos capacitados para darse cuenta de lo que está bien. No es que McKay no haya trabajado esa mirada antes. En las comedias en colaboración con Will Ferrell El reportero, Hermanastros, Talladega Nights, Policías de repuesto, lo más interesante de su filmografía y seguramente el conjunto de comedias más brillantes del cine norteamericano del Siglo XXI, aparecía la representación de temas que iban del machismo a los poderes económicos, del conservadurismo a la banalidad social.

Pero allí los que encarnaban esas tragedias eran los protagonistas y a través de la máscara que aportaba Ferrell, había una línea que intentaba de alguna forma ponerse a su altura y tratar de entender a esas criaturas un poco deformes. Pero, aún más, lo que estaba por delante era siempre el humor, la búsqueda constante del chiste, la creación de situaciones y personajes absolutamente desquiciados, en un coro absurdo e imprevisible que eliminaban cualquier forma de literalidad.

Eso en No miren arriba aparece en cuentagotas, tal vez durante su primera hora, pero progresivamente la película se adentra en un territorio de autoimportancia que vuelve a los personajes meros títeres como la relación de los personajes de Leonardo DiCaprio y Cate Blanchett es de lo peor, movidos por las necesidades de los creadores.

Y lo que se impone en No miren arriba son los temas y, más aún, la necesidad de burlarse de tal o cual estereotipo. Ese pasaje que viene haciendo el cine de McKay, desde que dejó de filmar exclusivamente comedias a convertirse en una suerte de cronista de la América reciente (y que ya amagaba con estallar en Policías de repuesto), explota en No miren arriba con una película que pretende volver a los orígenes del director pero con un elenco de estrellas preocupadas en dejar un mensaje no es muy difícil encontrar en los interese medioambientales del film un sostén de la militancia de DiCaprio, lo que vuelve a la película un chino incomprensible, sin ser lo graciosa que se pretende y mucho menos sutil. Si la película amaga con ser una roca sólida que va a pegarnos en el medio de la jeta, se va convirtiendo -como en aquel capítulo de Los Simpson– en una piedra que se va desgranando hasta caer entre nosotros con el tamaño de un cascote que hace olitas en un charquito. En determinado momento uno siente que pasaron demasiadas cosas, que los personajes no tienen más para ofrecer, que la película ya terminó, pero aún faltan 40 minutos.

Ese agotamiento de todo de la historia, de los personajes, de los espectadores tal vez sea lo que construya la última y muy impactante secuencia. Allí McKay encuentra la humanidad perdida en una última cena en la que los personajes, ante la inevitable colisión del meteorito con la Tierra, se reúnen, comparten una comida, y hablan entre todos de trivialidades. Es como si perdido por perdido tuvieran la libertad de aligerarse y dejar de lado la máscara que llevaban hasta hacía un rato. Y es como si la película ya no necesitara decirnos que son todos unos hijos de puta sin corazón y que pueden ser amables. Hemos visto ya demasiadas películas apocalípticas y creo que nadie como lo hace McKay acá, porque encontró la forma de representar la desolación de un momento como ese. No es mucho, pero es algo por lo que termina teniendo sentido la ardua experiencia que es por momentos la buena sátira cómica de No miren arriba que te deja reir y pensar.

Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

 

 

 

 

 

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