El Prodigio | República Cinéfila

Esta película del director Sebastián Lelio es una de las mejores producciones cinematográficas de este año 2022 que mantendrá una atmósfera de represión y de misterio, al alcanzar la suficiente intensidad como para despejarse de los parámetros de la corrección en esta actual era de las películas pensadas y concebidas para plataformas.

El Prodigio cumple con las reglas de manual con una estética conservadora que no ofende a nadie, una puesta en escena que se destaca por su virtuosismo técnico y un armado narrativo simple y claro. Pero como detrás hay un autor de nombre reconocido, debe existir una pequeña señal para que la despersonalización no sea absoluta. De allí la introducción de un prólogo y de un epílogo ambientados en un estudio cinematográfico que nos conducen hacia la historia y nos despiden con una sentencia solemne. En el medio, el relato sobre una enfermera en el año de 1862 que acude a una pequeña comunidad irlandesa para investigar el caso de una joven que no ha ingerido alimentos en los últimos cuatro meses y mantiene su aspecto igual. La gente acude al lugar para conocer el milagro. A partir de ese momento, la puja entre la ciencia y la religión será el nudo a desatar.

El formato que elige Sebastián Lelio es el del thriller psicológico y por ello tiene una atmósfera de represión y de misterio, pero que si alcanza la suficiente intensidad como para despejar de los parámetros de la corrección. En otros tiempos, los franceses la hubieran mandado a la hoguera del qualité. La cinta confronta las creencias de la enfermera Lib (Florence Pugh), frente a un aparente milagro, y confirma el valor del escepticismo, los hechos duros, el sentido común, que no deben ser doblegados por el anhelo de ver, donde no existen, supuestos hechos sobrenaturales. La ignorancia y las supersticiones pueden conducir a decisiones destructivas insospechadas. El Prodigio (The Wonder) denuncia las barbaridades que se cometen en el nombre de la fe.

La cinta confronta las creencias de la enfermera Lib (Florence Pugh), frente a un aparente milagro, y confirma el valor del escepticismo, los hechos duros, el sentido común, que no deben ser doblegados por el anhelo de ver, donde no existen, supuestos hechos sobrenaturales, dictados por un orden divino que purifica. Luego de pasar por dolorosas pérdidas personales, y sola en el mundo, la ruda Lib es llamada a observar, y tratar de explicar, lo que parece una obra de dios: la niña Anna (Kila Lord Cassidy) sobrevive rozagante a cuatro meses de inanición, lo que la convierte en una santa. En el entorno rural de Irlanda, a mediados del Siglo XIX, se le considera la elegida del cielo para demostrar los poderes de la fe y su casa se ha transformado en paradero de feligreses. Para ser testigo de la taumaturgia de esta chica, la enfermera se encierra prácticamente en una habitación para vigilarla, turnándose como una rígida monja, que será su contrapeso.

Por un lado está la mujer de ciencia, que descree en de los fenómenos extraterrenales y, por otro, la religiosa que se aferra a la creencia de la intervención de los ángeles. En medio está una chica misteriosa, silente, prácticamente una ignorante, que únicamente repite que ella es instrumento del Altísimo para manifestarse en la Tierra. El Prodigio es un tipo de película extraña: su título insinúa un espectáculo de asombro imponente, y ciertamente su elenco está a la altura del desafío, incluso si la película en su conjunto no lo está. Ambientada en 1862, está protagonizada por Florence Pugh en la piel de una enfermera inglesa llamada Lib Wright que acepta un trabajo temporal en las Midlands de Irlanda para observar a una niña de 11 años que, supuestamente, sobrevivió sin comer durante meses. Con un telón de fondo irlandés, sombrío y hermoso, las tensiones de clase social, nacionalidad, género, fe y amor se agitan debajo de un estoicismo que no coincide con el título.

En realidad, nadie parece particularmente asombrado por la joven que, en un momento en que la gente literalmente se muere de hambre, sobrevive sin nada en absoluto. La indiferencia de Lib es comprensible: sospecha de esta chica milagrosa, aunque no puede precisar la razón del engaño. Ella enfrenta otros obstáculos, desde el consejo de clérigos que se niegan a no creer, hasta su propio dolor interno que amenaza con desarmarla. Si algo es una maravilla en esta película es el talento de la joven actriz Florence Pugh.

Una y otra vez demuestra ser una actriz ágil, no exactamente camaleónica, pero lo suficientemente diestra para fundirse con sus papeles y revelar profundidades humanas tan complejas y con capas que crees que ella realmente es todas estas personas. Si esto pretendía ser un comentario sobre la naturaleza complicada de la paternidad y la fe, nunca se expresa de manera suficientemente explícita. La metáfora que se hace evidente del vínculo entre madre e hija tampoco aclara del todo la motivación, dejando una confusión difícil de aceptar. ¿Cuál es la respuesta al gran misterio de la película? ¿Y qué significa esa misteriosa e impactante escena final? El final de ‘El prodigio’, la nueva película de Sebastián Lelio protagonizada por Florence Pugh, resuelve el gran misterio que traía de cabeza a la protagonista de la historia.

Pero, ¿Hay más significados que rascar? ¿Qué ocurre en ese sorprendente desenlace? ¿Y qué significa esa misteriosa escena final? Integrante de la Sección Oficial del Festival de Cine de San Sebastian, la cinta ahora está disponible ya entre las películas de Netflix desde el 16 de noviembre 2022. Cinta basada en el libro ‘The Wonder’, su título original en inglés, el filme sigue a la actriz de ‘Mujercitas’ y ‘Viuda Negra’ en el papel de una enfermera inglesa llamada Lib que está encargada de observar a una niña llamada Anna, que no ha comido durante meses. Varias personas en ese pequeño pueblo irlandés creen que está sobreviviendo con maná del cielo, que es lo que Anna también cree. En la trama, un médico local plantea la hipótesis de que está sobreviviendo con luz, pero Lib tiene otras sospechas y mientras trata de desentrañar lo que le sucede a Anna (interpretada por Kíla Lord Cassidy), especialmente cuando su vida comienza a correr peligro. En la más reciente película de Sebastián Lelio, una enfermera debe observar a una niña que se mantiene sana aunque lleva meses sin comer, y determinar si se trata de un milagro o de un truco. Ya en sus películas anteriores, el director chileno había abordado los riesgos del pensamiento único y el valor requerido para hacerle frente, y El Prodigio no es la excepción. Pero aquí, la empatía se sobrepone a la necesidad de hacer a otros entrar en razón, porque algunas historias son necesarias para tolerar la desgracia. El Prodigio ya puede verse en la popular plataforma en servicio de streaming Netflix.

Mi 8.5 de calificación para el realizador Sebastian Lelio, otro de los genios que América Latina ha exportado al mundo, que presenta en Netflix, para las pantallas caseras, una obra que es, simultáneamente, portentosa y discreta, y que se va rostizando a fuego lento. La novela de Emma Donoghue es transformada en una protesta contra el oscurantismo. En el nombre de las creencias, el individuo puede ocultar cualquier secreto. La mente obcecada puede confundir sus anhelos con lo que cree que dicta la divinidad. Los extremos son peligrosos cuando los secretos que se guardan tienen que ver con revelaciones insanas, aberrantes, horribles que no deben trascender el núcleo familiar. Son esas ideas retorcidas las que le quieren imponer a Lib, que lucha contra un mundo controlado por hombres que, perversamente, se aferran a sus ideas preconcebidas y hechas para la manipulación.

Ellos ven a las mujeres vigilantes únicamente como instrumentos de confirmación, no como agentes de confianza. Con un formato de thriller de época, la película se va interesando pacientemente en la vida de los personajes que esconden severos dolores espirituales. La fotografía de Ari Wegner, auxiliada únicamente de luz natural y lámparas, encuadra entornos fantasmales que abruman. Con un extraordinario manejo de sombras, crea composiciones estéticas de ricas texturas que remiten a escenarios barrocos. Las comparecencias de los testigos, definidas con luces escasas, en cuartos desnudos de paredes deslavadas, parecen confesiones en juicio de Inquisidores, antes del tormento. La acción está enmarcada por exquisita música sobrecogedora de Matthew Herbert. La frustración motiva a la enfermera a forzar las pesquisas, mientras encuentra en un periodista escéptico un aliado que le dará consuelo afectivo, pero también el valor para confrontar los hechos, sin negociación mediante. Sin embargo, con lo demuestra la historia, la búsqueda de la verdad en cuestiones de religión, encuentra siempre fuerzas opositoras de quienes obtienen beneficios al mantener a la masa sometida a los designios de la divinidad. Florence Pugh, muy familiarizada en temáticas de época, se ve excelente como la enfermera obstinada que lucha contra sus propios demonios para encontrar respuestas. Llega a apostarlo todo en un intento por evitar un atropello mayor que, desde la sinrazón, se cierne sobre la inocente chica que se cree portadora de dones prodigiosos, según le han repetido hasta convencerla. Al final, se entiende que los dogmas que rigen las mentes cerradas permanecen inamovibles, por lo que hay que derrotarlos con astucia. A veces, una mentira piadosa puede resultar providencial. Queda como duda si eran necesarias las escenas de inicio y final, en las que se incorpora otra capa de realidad, para alertar con un desconcertante mensaje aleccionador, sobre los alcances de la ficción, que puede ser contada en diversos formatos, como el de esta película.

El Prodigo es una pequeña gema de cine, que impacta directamente en las emociones. Nos recuerda Sebastián Lelio nada más arrancar El prodigio que todos vivimos en base a esos relatos que nos han contado, historias que varían según la sociedad en la que crecemos. Con un tono que oscila entre el drama de época, el análisis filosófico y el thriller rural, el filme ahonda en la construcción de nuestro sistema de creencias, señalando con el dedo acusador todo aquello, desde la religión o el cine a los medios de comunicación, que define nuestra concepción del mundo. El chileno confronta así ciencia y fe, individuo y comunidad, a través de una de esas protagonistas (contenida pero magnética Florence Pugh) enfrentada a las normas sociales que tan bien ha retratado en Una mujer fantástica o Gloria. Esta apuesta no aspira a la originalidad argumental ni tiene una ambición estilística excesiva; por el contrario, hace de la simplicidad su mejor baza y sigue resultando majestuosa. Mima la historia y a sus personajes en una reflexión muy actual sobre el fanatismo y el fundamentalismo, rematada con gusto por la virtuosa cámara de Ari Wegner (El poder del perro) y la música de Mathew Herbert. El cine representa otro artificio, otro relato que construye nuestra percepción, pero cuando se hace bien, como en este caso, también es un terreno fértil para el debate y el cuestionamiento.

La película no puede alcanzar su nivel. Anna, interpretada por Kíla Lord Cassidy, es dócil y dulce, pero es sobre todo una caja de resonancia para el propio viaje de Lib: dónde termina, no lo diremos, pero no es tanto una sorpresa como un alivio. Los aliados de Lib son pocos y distantes entre sí, lo que hace que la confianza entre Lib y Anna se sienta tenue y valiosa. Los padres de Anna (Elaine Cassidy y Caolán Byrne) tienen motivaciones complicadas, que no revelaremos en esta reseña. No aceptan dinero de los visitantes que vienen a maravillarse con su hija, ni parecen querer publicitar su milagro, por lo que su hostilidad y sospecha hacia Lib, aunque potente y comprensible, se siente confusa como motivación. Incluso una vez que se revela la verdad, no es el momento de sorpresa vuela cabezas que has estado esperando.

También superando los límites de la película encontramos a Niamh Algar como Kitty, el ama de llaves/criada de los O’Donnell y autoproclamada protectora de la familia y, a su manera, de Irlanda. Su desconfianza hacia Lib y todo lo que representa tiene una raíz clara y decidida, y es fascinante verla arrojar puñales con los ojos, o con algunas palabras mordaces, y te hace desear que tuviera más tiempo de metraje. Del mismo modo, Tom Burke da un giro bien elaborado en el papel secundario del periodista William Byrne, un nativo de Irlanda que emigró a Inglaterra y cuyo regreso a casa lo enfrenta cara a cara con sus propios demonios. Su relación con Lib es simbiótica en más de un sentido, y la de ellos es una dinámica más convincente que la de Lib y Anna, en detrimento de la trama. Hay una sacudida en el ritmo, como un auto manual en manos de alguien que no ha dominado del todo la palanca de cambios, que te saca de una escena y te lleva a la siguiente sin el tipo de facilidad que requiere una película de esta atmósfera.

El estilo de El Prodigio no puede igualar la sustancia que anhela, que Pugh y Algar, en particular, están tan desesperados por conseguir. Al final, la película, como la propia Anna, es un facsímil anémico, carente del misticismo y, sí, de la prodigiosa maravilla que necesita para ser una historia realmente convincente. Lelio recrea una puesta en escena elegante y canónica. Cocina su historia muy a fuego lento en el ritmo de su desarollo, lo que provoca que el desenlace resulte aun más perturbador y su trama parezca más compleja de lo que es. Esta es una cinta interesante.

Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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