007: Sin Tiempo para Morir | República Cinéfila

A casi 60 años después de que la gran historia del agente 007 llegara por primera vez a pantalla, nos encontramos con la llegada de No Time To Die, (Sin Tiempo para Morir) la vigesimosexta película de la serie en donde veremos por última vez al actor Daniel Craig interpretar el papel de James Bond.

La película se encuentra actualmente disponible en cines. Dirigida por Cary Joji Fukunaga, esta nueva instalación nos presentará una historia que promete ser distinta a las demás. Nos encontraremos a un James Bond que ha decidido retirarse del MI6 para poder vivir una vida normal, intento que se verá frustrado cuando un antiguo amigo suyo pide su ayuda. Esta producción es absolutamente fiel al canon bondiano, la reciente película del director Cary Jonji Fukunaga donde James Bond ha dejado el servicio secreto y está disfrutando de una vida tranquila en Jamaica, pero su calma no va a durar mucho tiempo ya que su amigo de la CIA Felix Leiter aparece para pedirle ayuda.

La misión de rescatar a un científico secuestrado resulta ser mucho más arriesgada de lo esperado, y lleva a Bond tras la pista de un misterioso villano armado con una nueva y peligrosa tecnología. Esta cinta cierra en cierta medida el círculo con la seminal película de Terence Young de 1962. Aunque su confeso como la melodía de John Barry, la canción de Louis Armstrong, las curvas de la carretera italiana etc, es el opus Bond que la hace tan humana y tan a reivindicar en el filme 007 Al Servicio Secreto de su Majestad (Peter Hunt, 1969). Sin Tiempo para Morir, es al mismo tiempo un drama de secretos, de venganzas, de amores, de ausencias, de abandonos, de renuncias, de sacrificios, de pecados y de redenciones, ha terminado siendo como una novela de Graham Greene, y no una de atormentados espías, sino una dolorosamente romántica: El fin del romance y del affaire de quien vivió y dejó morir pero que ahora deberá cuestionarse esas máximas. Porque las películas de James Bond son una estupenda síntesis para entender cómo el cine de entretenimiento mainstream ha ido perdiendo su capacidad lúdica a favor de una impostada profundidad. Cuando digo “las películas de James Bond” en verdad me refiero a esta saga protagonizada por el actor Daniel Craig, ya que Pierce Brosnan mantenía ese costado grasoso que hacía divertido al personaje, y que llevaba por ejemplo a la M interpretada por Judi Dench a espetarle un “usted es un dinosaurio” en la cada vez más necesaria Goldeneye (1995).

Brosnan cruzaba la elegancia viril de Sean Connery con la picaresca prosaica de Roger Moore, y se bancaba mientras tanto ese tufo a cosa vetusta y fuera de época. El problema de lo antiguo no es el paso del tiempo, sino la falta de conciencia de ello. Y este concepto de Bond en el que el descafeinado Craig encaja perfecto lo que menos hay es inconciencia: es todo mecánico, pensado en cada gesto, todo lo contrario del personaje, que es el libre albedrío hecho persona, la imprevisibilidad en movimiento. La idea de convertir ese recipiente orgullosamente vacío que era el 007 en un saco repleto de conflictos familiares y sentimentales fue siempre una mala decisión, que mostraba además la desesperación de una franquicia que perdía terreno ante otras franquicias de acción y espionaje mucho más sólidas y rigurosas.

Ese aggiornamiento del Bond de Craig hace eclosión en Sin tiempo para morir, que es ante todo un melodrama con escenas de acción. Uno puede decir a favor de la película del habitualmente solemne Cary Joji Fukunaga que la conclusión a la que aquí se llega es absolutamente coherente con el camino que le hicieron tomar al personaje en los cuatro films anteriores. También, que para ser una película de 163 minutos, es bastante entretenida: porque cada tanto se acuerdan que es una película del 007 y nos regalan algún momento de gracia. Ahora bien, las películas de James Bond siempre fueron mucho más que eso, fueron la cruza definitiva entre el cine de acción y los dibujos animados, con un verosímil asentado a partir del rostro impertérrito de su protagonista, además de que definían estilo y llevaban la tecnología a un lugar hiperbólico. Aquí solo queda el gesto impertérrito de Craig más como reacción al contexto que como juego de contrastes con el absurdo coyuntural de unas secuencias de acción que nunca se desbordan, que nunca imaginan algo por fuera del verosímil para sus criaturas.

Salvo algunos momentos de la atractiva secuencia de arranque en Italia que para colmo de males estaban en el tráiler, Sin tiempo para morir luce apagada, estándar, regular, como sin ganas de ser una de Bond y tal vez ser otra cosa. Como este Q que hace unos gadgets sin gracia ni inventiva. Precisamente eso es algo que llama la atención en esta saga Bond con Daniel Craig, como si hubiera un elemento culpógeno que impide la diversión, como si en el fondo hacer una película del 007 les diera vergüenza y con un complejo de inferioridad enorme se propusieran hacer otra cosa que encaje en este tiempo. El consejo sería, en todo caso, que no lo hagan más y el bochornoso final de esta película tal vez vaya en esa dirección).

Si hay algo que nunca hizo Bond fue encajar, su paso era la destrucción del espacio en el que se encontrara. Entonces lo único que finalmente queda es un estilo visual refinado que Sam Mendes un poco que definió en Operación Skyfall (2012) una película que contenía todos los males de esta saga, pero que nos regalaba varios momentos bellos visualmente y que Fukunaga simula aquí como quien sigue un manual de instrucciones. La decadencia de este James Bond se puede ejemplificar en varias cosas, en la sexualidad cada vez más controlada, en sus villanos descafeinados y normalizados, pero si hay algo que no deberíamos perdonar es la cada vez menor presencia de la genial melodía de John Barry en la banda sonora. Acordarse de cómo la traían a la vida en Goldeneye, con el 007 rompiendo San Petersburgo con un tanque es hacerse mala sangre por este Bond triste y melancólico. A un personaje que era pura iconografía, lo fueron despojando precisamente de su superficie. Lo fueron limando hasta dejarlo digerible para la generación de cristal.

Ni Ernst Stavro Blofeld le hizo tanto mal. Adiós Mr. Bond. La última película de Daniel Craig como el 007 es una despedida mustia. Otro film despojado de todo el encanto del personaje, convertido en un héroe regular de los tantos que hay por ahí. Bond evoluciona para el director Cary Joji Fukunaga quien nos presenta una larga aventura de cerca de tres horas como una conclusión épica, luego de seis décadas de hacer vibrar al mundo con esta saga que luce interminable. La mayor vulnerabilidad de James Bond, el más emblemático, longevo, mutante e inmortal agente secreto del mundo siempre ha estado en él mismo como ser humano, como nombre y no como un número, ese 007 que en Sin tiempo para morir se convierte no solo en una broma recurrente entre él y Nomi, sino en la clave para asistir a las razones de una aventura tan espectacular como trágica. En la mayor parte de este canto del cisne del personaje (un Daniel Craig profundamente cómodo en las debilidades de Bond), un antihéroe desubicado ya de manera definitiva y heroica (recorre la mayoría de los escenarios de su vida/historia/filmografía como un ser ajeno al presente y atado irremediablemente al pasado y al miedo al futuro), es el factor humano el que prevalece sobre una trama de apocalipsis, villanos megalómanos de folletín, refugios imposibles y ciencia-ficción de industrial realismo sucio.

El factor humano es asimismo el título de una novela de Graham Greene donde las reglas del juego cerebral del espionaje estallaban merced a los sentimientos, al amor y al romance. Lo mismo sucede en Sin Tiempo para Morir: por encima de esa misión suicida y de unas grandes potencias y servicios secretos con la brújula política y moral estropeada, estamos ante la odisea de un hombre solo, que toda su vida ha estado solo y que es incapaz de mantener a su lado a aquello que ama, que necesita. Este James Bond humano, que no deja de ser una máquina de matar cuando es preciso pero que deja que sea el 007 quien se encargue de ello, es el que ha de luchar contra sí mismo en vez de contra Spectre o contra ese trasunto del Dr. No que es Lyutsifer Safin con un Rami Malek reflejo del propio James Bond. Con las actuales expectativas de si el nuevo James Bond será de color o hasta podría ser una mujer, es imposible no saber hacia dónde irá la longeva franquicia a partir de ahora.

Sin tiempo para morir
Daniel Craig estelariza como James Bond con Léa Seydoux como Dr. Madeleine Swann en NO TIME TO DIE, una película de EON Productions y Metro-Goldwyn-Mayer Studios. Credito: Nicola Dove © 2021 DANJAQ, LLC AND MGM. ALL RIGHTS RESERVED.

Mi 9 de calificación a esta buena y aceptable cinta que con el tiempo, cuando los jamesbondólogos del mundo repasen la etapa de Daniel Craig como 007, se toparán con una ley infalible: sus películas impares han sido las buenas. Solo mediante esta norma, tan aleatoria como los números de la ruleta, puede explicarse que a la muy decente Casino Royale (2006) y a la extraordinaria Skyfall las sucedieran Quantum of Solace (2008) y aquella Spectre (2015) en la que Sam Mendes se jugó todas sus fichas a número perdedor. Obedeciendo a esta martingala, Sin Tiempo para Morir debería entrar en la categoría positiva. Y, menos mal, lo hace, convirtiéndose de rebote en la película más divertida de la saga desde su reboot de hace 15 años.

Tal vez sea la mano de Phoebe Waller-Bridge como coguionista, ayudando a que los personajes del filme sean algo más que muñecos de pim-pam-pum. O tal vez sea que los responsables de la franquicia vieron las formidables interpretaciones de Craig en La suerte de los Logan y Puñales por la espalda, decidiendo que el actor vale para algo más que para poner gesto torvo. El caso es que al protagonista se le ve más suelto que nunca, y a sus acompañantes, también. De esta manera, mientras Craig se lo pasa pipa con un guion que le da matices, algunos descaradamente cómicos, a su máquina humana de matar, el resto de intérpretes (sobre todo los femeninos) se libran de ese mero rol auxiliar merced al cual sus únicas funciones serían, bien morir a manos del super agente, bien proveerle de gadgets, bien copular con él. No en vano esta debe ser la entrega del serial con menos escenas de cama, por no decir que la única desprovista de ellas. Con todo esto, las virtudes de Sin Tiempo para Morir están en sus momentos menos estentóreos, bien sean estos el reencuentro de Craig con Jeffrey Wright, más liante que nunca, o esas escenas en las que el ahora ex 007 hace frente en solitario y sin arsenal a los esbirros de turno.

Por no hablar de esos cara a cara con una Léa Seydoux esta vez bien aprovechada, que ponen a James Bond en la tesitura más peligrosa de su carrera: lidiar con los reproches de una ex. Eso no quiere decir que las set pieces nos dejen tirados en cuanto a carnicería y espectacularidad, ni tampoco que a la cinta le falten secundarios irrelevantes pero con encanto: ese “¡coño!” con acento cubano de Ana de Armas debería pasar a la historia de la saga, tanto como la mala uva de Lashana Lynch como la nueva 007 a la que solo le falta cantar You Know My Name con la melodía de Chris Cornell. Cuando Ian Fleming creó a su mayor y único activo literario, cultural y económico tomó las novelas de espías fatalistas y de alta carga ética del citado escritor Graham Greene y las sometió a un baño de testiculina propia del pulp de autores como Peter Cheney o Mickey Spillane.

El sexo, la violencia y el exotismo se convirtieron en la carta de presentación de 007, agente secreto con licencia para matar. Así saltó al cine, añadiendo más adelante (la adorable etapa con Roger Moore) una carga de distanciamiento irónico que le sentó muy bien al personaje. Los años con Daniel Craig se han caracterizado por la ausencia del infantilismo divertido y por la búsqueda de la persona detrás del número. Aunque en los créditos de Casino Royale la canción afirmaba que ya conocíamos su nombre (Bond, James Bond) lo que no conocíamos era quien lo llevaba. Casino Royale que como Sin Tiempo para Morir muestra en blanco y negro la silueta disparando a cámara tan icónica previa a los títulos, Skyfall y en menor medida Spectre emprendieron un viaje tras el secreto detrás de los azules ojos de Bond. Un viaje que ahora pasa por espectaculares secuencias de acción en una helada Noruega, en una religiosa y mortuoria Italia, en una Cuba muy Casablanca (un saludo y un buen puro para Felix Leiter) donde Ana de Armas atesora los mejores momentos, un Londres decadente y el Lejano Oriente como una versión gris del paradisíaco edén de Agente 007 contra el Dr. No (Terence Young, 1962).

Ana de Armas como Paloma en NO TIME TO DIE, una película de EON Productions y Metro-Goldwyn-Mayer Studios.
Credito: Nicola Dove © 2021 DANJAQ, LLC AND MGM. ALL RIGHTS RESERVED.

Gracias a ello, y a la dirección de un Cary Fukunaga que no quiere reinventar la pólvora, sino ofrecer una buena mascletá con ella, uno acaba pasando por alto ese MacGuffin alambicado en exceso el arma biológica que pone la trama en marcha es ingeniosa y diabólica, pero necesita una buena ración diálogos explicativos… y pocos son, así como una duración que puede hacérsele larga a más de uno. También resulta disculpable el poco carisma de un buen actor como Rami Malek como el villano, por mucho que su enfrentamiento ritual con Craig trate de ser tan intenso como el de Javier Bardem en Skyfall. Lo que no admite perdón, eso sí, es el estruendo habitual de un compositor musical como Hans Zimmer que debería haber mantenido sus ritmos programados bien lejos del tema de Monty Norman y John Barry. Para resumir mientras un relevo en el MI6, podemos dejarlo en que Sin Tiempo para Morir prueba que esta etapa de la saga Bond ha dado lo mejor de sí cuando el espía se quedaba sin esmóquin y aparecía en camiseta o sin ella. O, tirando más por lo lírico, que, juntando las partes buenas de todos estos filmes, el agente ingles 007 ha tenido por fin su propio arco argumental: el de un matón a sueldo que, a fuerza de golpes y de desengaños, aprendía a ejercer como ser humano porque el Bond de Daniel Craig se vuelve más humano que nunca para una despedida a la altura de sus mejores momentos. Sin Tiempo Para Morir es una magnífica entrega del 007, con un guion que hace que el personaje evolucione, seguramente para mejorar. De cualquier manera, al final se lee en pantalla: James Bond regresará. Porque no es posible despedir a un espía que no tiene tiempo para morir, esta es una cinta muy apta para compañeros de viaje de un James Bond más allá del 007, con lo mejor que fue ver la grandeza absoluta en la fragilidad de un mítico personaje como el agente británico James Bond.

Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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