The Matrix: Resurrecciones | República Cinéfila

The Matrix: Resurrecciones, el regreso de la popular y taquillera franquicia de las hermanas cineastas Wachowski se da con una película casi fallida que se obsesiona mucho con renovar sus temas, pero que no puede más que verse algo anticuada. Lana Wachowski, directora que, junto a su hermana Lilly, creó la saga de Matrix regresa con el objetivo de continuarla con una cuarta entrega oficial, en la que se prolonga el relato acerca de un mundo post apocalíptico habitado por máquinas conscientes que se han liberado de los humanos y los explotan para conseguir energía.

En la misma línea del resto de producciones de las Wachowski, la trilogía original denunciaba, mediante un registro simbólico, algunos males de la sociedad contemporánea, muchos de ellos vinculados al rol de la tecnología, al mismo tiempo que exploraba ciertas cuestiones filosóficas y existenciales bastante elementales.

El estilo de las directoras es descarado, apuntando siempre a las historias contestatarias, insolentes o de alguna manera rebeldes en relación a cierto status quo. Sin dudas, fue en la cinta original de The Matrix (1999) cuando su visión alcanzó su mejor forma: más allá de las metáforas obvias, la sobre explicación y la exagerada autoindulgencia, esa película logró cristalizar una estética que definió la década de los años 2000 y atrapó la imaginación de una sociedad para la que aún la tecnología digital era algo relativamente nuevo. Matrix es sinónimo de los años 2000.

Desde la influencia de la cultura hacker, hasta las atractivas escenas de acción y aventura en slow motion, los trajes de cuero y PVC asi como los icónicos lentes de sol donde Matrix solo pudo funcionar en esos años, temática y estilísticamente.

La pregunta entonces es, ¿Cómo actualizar este universo a la época de Instagram y los smartphones?, una en la que la relación humano-tecnología ha evolucionado de una forma tan distinta a lo que Matrix era capaz de proyectar en el contexto de su estreno, lo cierto es que el anuncio de esta cuarta entrega solo podía generar cierto escepticismo en quienes disfrutamos de la película original, en principio por las dificultades ya mencionadas pero también por el carácter creativo de las Wachowski. La combinación se encaminaba hacia un resultado: una película desesperada por ganar relevancia y actualizar un universo icónico muy avejentado, al mismo tiempo que corregir elementos de la primera para adecuarse al panorama ideológico actual.

La media hora inicial es una muestra de lo peor que puede salir de estas intenciones: una búsqueda meta y autoconsciente desde el gesto soberbio de creerse por encima de su propia caducidad, enarbolando como mecanismo de defensa una serie de diálogos vergonzosos que no hacen otra cosa que demostrar un profundo temor siquiera a intentar parecerse a las originales. Por suerte, luego de la primera media hora, la película asume lo que debe hacer y lo encara a los tropezones. La directora decide anclar su secuela a la trilogía a partir de una serie de referencias constantes, y así realizar esa tan famosa sucesión que Star Wars pretendía al mostrar a Rey recibiendo el sable de luz de Luke.

En otras palabras dedica la mayor parte de su esfuerzo a realizar aquello que en los primeros treinta minutos satirizaba burdamente. Claro que el paso de mando no es ni elegante ni satisfactorio: los actores que se incorporan a la saga deben cargar, no con el deber de construir nuevos personajes que logren poblar positivamente el universo de Matrix que ya de por sí es muy difícil, sino el de representar personajes que no les pertenecen y cuyo carácter, aquello que los hacía memorables, no pueden nunca emular.

Hacia el final se da un último gesto prácticamente fallido: Wachowski intenta corregir el androcentrismo de la primera película dando mayor protagonismo a otro personaje, y realizando a su vez otra metáfora obvia, pero sin el valor de la creatividad visual y el timing del filme original, y depositando todo el peso narrativo en un personaje que en ningún momento se ocupó de desarrollar. La pobre realización de este giro resume el desempeño de todo el largometraje, del que poco podía esperarse y que poco entrega. Este último blockbuster hollywoodense en estrenarse comercialmente en el año 2021 en los cines es una película autorreferencial, llena de citas a sí mismas que no es solo una coincidencia, sino todo un gesto generacional.

Con sus muchos personajes añadidos —tantos y tan prescindibles que no encontraron su lugar en estas líneas—, todos flanqueados hacia el bien o el mal y vestidos de látex brillante, la guerra en Matrix: Resurreciones se hace inevitable y desprovista de dilema moral. Una vez más el enemigo es Otro, y se pierde, como siempre, mucho tiempo en combatirlo. Otra vez el desastre es evasivo, estruendoso y muy alejado de la realidad impostada que, nos decían los Wachowski en un primer momento, era el peor enemigo por temer. Y quizá nada de eso sería tan grave ni tan desalentador si no fuera porque la experiencia de una película “estimulante” —tan congruente, pues, con la idea de una película de acción arquetipo— es en sí misma tan parecida a una película matriz: sin duda muy placentera, pero hecha para contenernos mientras otros extraen de nosotros lo que de nosotros importa.

La sensación es la de tomarse una droga de conocimiento por otra de recreación; en vez de la capsulita que a la vez que cine en estado puro prometía precisión y sustancia, parecería que alguien nos diluyó en el vaso el contenido de una pastillita azul: una dosis de entretenimiento de la mejor calidad concebible, pero cortada con anfetaminas para que el efecto —o su resonancia— no parezca agotarse jamás.

Si la primera entrega exploraba el tema del Destino y la segunda incursiona en el Libre Albedrío, la tercera apenas nos da algunas escenas de acción y peleas bastante entretenidas lo que no significa innovadoras y la interesante serie de cortos animados Animatrix, con algunos episodios de influencia oriental verdaderamente excelentes; casi nada en relación con semejante expectativa. Porque el primer filme, que se estrenó cuando el mundo se encontraba en la cúspide de la revolución de internet, y en vísperas del nuevo milenio, aprovechó muy bien el desarrollo tecnológico de la época, y planteó algunas preguntas trascendentales sobre la web, la conciencia y el control social. La cuarta entrega de esta saga, Matrix: Resurrections, llegó a los cines 18 años después del final de la popular trilogía original que lógicamente hizo una huella profunda en la historia del séptimo arte a nivel internacional, por sus apantallantes efectos visuales en la acción y aventura en estilo ciencia ficción.

Mi 7.5 de calificación a esta casi fallida cinta. Se podrá decir que la autoconciencia en el cine ya tiene varias décadas y que el concepto de repetición, de remake, de secuela se fortaleció ya en los años 90’s como único lugar posible para el cine mainstream. Pero los recientes estrenos de las películas de Spider-Man: Sin Camino a Casa y Matrix: Resurrecciones parecen llevar ese concepto hacia una instancia superior, una en la que el cine finalmente logró tal nivel de abstracción que solo tiene vínculo consigo mismo y no hay vida más allá de sus fronteras.

Ya no es autorreferencia a un sistema o a un código audiovisual, como pueden ser las películas sobre el cine dentro del cine, o las que toman al mundo del cine y sus habitantes, sino lisa y llanamente referencias constantes a su propia mitología, como si no hubiera allá afuera nada más importante que ellos mismos. En la cinta de Sony Pictures/Marvel Studios se acumulan los homenajes, las citas y las referencias a todas las películas del personaje de Spider-Man y más allá de que funciona como un gran entretenimiento, solo puede ser disfrutable en su totalidad por alguien que haya visto previamente unas seis películas.

La de Lana Wachowski vuelve a su mundo virtual generado por máquinas en la que Matrix, las películas que vimos hace dos décadas, son en verdad un videojuego desarrollado por el personaje de Keanu Reeves. Entonces no solo se proyectan sobre el fondo aquellas imágenes, sino que además durante todo el filme se insertan imágenes de la trilogía anterior como recordatorio, ayuda-memoria o simplemente como mensaje asfixiante de una Matrix, adentro de otra Matrix, adentro de otra Matrix.

Y al final uno se pregunta si el mundo generado por la película no termina siendo más horrible que el que critica. Podríamos decir que este exceso de autocelebración y autorreferencia es una consecuencia de cómo por ejemplo Marvel terminó quedándose casi en exclusiva con el concepto de blockbuster cinematográfico. O, también, de cómo Disney salió de compras y se quedó con todo el cine mainstream: repetidamente en las películas de Marvel aparecen chicos jugando con objetos de Star Wars, un cruce de franquicias solo posible porque la marca registrada es todas las marcas registradas.

Que estas dos películas hayan sido dos de los blockbusters más esperados este año no es solo una casualidad, sino la demostración de un gesto generacional. Es que parece haber una explicación a todo esto en el evidente y progresivo narcisismo que ha ido ganando la sociedad, muy especialmente con el ascenso de las populares redes sociales y la posibilidad de convertirnos a nosotros mismos en productos revalidados a fuerza de “me gusta” y “fav”.

La masificación de Facebook a nivel global se dio allá por 2007/2008 y Iron-Man, la película que originó todo este metaverso de superhéroes, es de 2008. No es muy ilógico pensar que hay algo ahí que desembocó inevitablemente en este presente donde solo podemos tener contacto con los que piensan igual que uno, donde los algoritmos nos dicen lo que tenemos que ver y donde muy pocos en el arte masivo parecen querer correr riesgos. En el mundo del cine ya no hay lugar para universos nuevos, para inventar mundos, para que una película encuentre su público. En la vieja dicotomía del cine del corazón y el cine del intelecto, terminó ganando el cine del ombligo.

De abrigo negro abotonado hasta el piso, el entrecejo fruncido como quien piensa mucho, y con la carga que implica tener el rostro de Keanu Reeves con barba y pelo largo a la John Wick, con el deber de aparentar respetabilidad, Neo, el Elegido, hace en Matrix: Resurreciones una reaparición triunfal. Ya no es el hacker con cara de tonto a quien en el primer capítulo de la trilogía se le había revelado su naturaleza mesiánica; ahora es un líder con cara de serio que debe ejercer su Destino aunque aún no lo comprenda bien. Por lo pronto —nos deja muy claro— sabe dar peleas inefables, detener con la mente balas y Sentinelas máquinas como pulpos pero mucho más preocupantes y, cuando a veces recuerda que puede ahorrarse estas dos molestias, toma un poquito de impulso y sale disparado al espacio como un Superman de sotana o, si se quiere perfeccionar la imagen, como Mary Poppins a propulsión.

Pocas veces un personaje y su imagen logran ser una alegoría tan exacta —y, lo mejor de todo, involuntaria— de la condición que tras bambalinas se ha apoderado de su autor; en este caso, de sus autores —los entonces directores hombres Andy y Larry Wachowski—, que para efectos de culto se funden, como los hermanos Ethan y Joel Coen, en una entidad genial. El dúo que en 1999, el año en que se estrenó Matrix, aún representaba para la Warner Bros. un alto riesgo de inversión, vuelve ahora glorificado por el rotundo éxito comercial de su película, el respaldo crítico que le mereció la incuestionable sofisticación intelectual de su argumento y, sobre todo, por el calificativo de renovadores de la tecnología cinematográfica.

Sin mucho margen para la discusión, puede decirse que, en sincronía con el final del siglo, el cine contemporáneo se divide en antes y después de Matrix. Quizá fue ésa —la conquista simultánea de terrenos bien demarcados— la condición que volvería imposible la repetición del fenómeno Matrix. Y es que por lo menos dos de los terrenos —el de la sofisticación intelectual y el de la revolución técnica— difícilmente admitirían una réplica en la misma proporción y con el mismo grado de interés. El éxito comercial, como suele ser, era la única garantía a priori.

Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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