Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos | República Cinéfila

Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos, la nueva película de Marvel Studios.

La verdad a estas alturas, la popular franquicia y saga cinematográfica también televisiva, pero particularmente en cine es tan extensa y está tan consolidada, que incluso permite que las nuevas obras aprenden y toman lecciones de sus predecesoras.

Es como si hubiera una especie de “Manual Marvel”, que no solo indicara procedimientos, sino también posibles contingencias y hasta roles para cumplir para cada película o serie. Dentro de ese panorama, Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos cumple una función de presentación e introducción, pero también de descanso. Es que, luego de las múltiples novedades narrativas ofrecidas por las series WandaVision, Falcon y el Soldado del Invierno y Loki, y de esa especie de precuela obligada -y algo fallida- que fue Black Widow, el film de Destin Daniel Cretton es como una vuelta a lo seguro y conocido. Y eso que estamos ante una película que no solo debe presentar a un nuevo superhéroe, sino también un pequeño universo propio y, encima, cumplir con los mandatos de representatividad que indican los dogmáticos parámetros de la corrección política dominante.

Pero Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos aprende de, por ejemplo, Capitana Marvel, a no bajar línea de forma muy explícita y, en cambio, incorporar todo el componente asiático a través de las materialidades utilizadas por la narración. En este caso, con la historia de Shaun/Shang (Simu Liu), un joven que vive una existencia sin mucho futuro en San Francisco, hasta que su pasado lo alcanza y lo obliga a retornar a Asia, donde termina enfrentado con su padre (Tony Leung), un hombre casi inmortal que conduce una misteriosa y poderosa organización llamada Los Diez Anillos.

El propio Leung, junto a Michelle Yeoh (que tiene otro rol decisivo), desde sus portes de estrellas internacionales, son vehículos a un imaginario oriental -o sobre lo que supuestamente encarna Oriente- que abarca filmes de fantasía y artes marciales, como Héroe, El arte de la guerra y El tigre y el dragón, pero también relatos policiales como Infernal Affairs. De todos ellos se alimenta la puesta en escena de Cretton para ir construyendo un marco propio.

“Olvídate de los cómics”: este es el mejor consejo que puede dársele a un ‘marvel zombie’ de toda la vida que acuda a ver Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos. Más que nada, porque si ese espectador se ha ilusionado con la idea de ver adaptadas las aventuras clásicas del personaje, la subsiguiente decepción tendrá el efecto de un kungfutazo en todos los morros. Aparte de la presencia de algún villano clásico , la película de Destin Daniel Cretton guarda menos relación aún con los tebeos que el personaje de Simu Liu con el héroe que los protagonizaba: en lugar de un híbrido de Bruce Lee y James Bond, todo él manierismo y dudas existenciales, el Shang-Chi del cine es un alegre chavo que vive coloridas aventuras wuxia.

Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos sabe no desconcertar al fan del MCU con los apuntes de éste, especialmente en la parte final, pero su apuesta por ampliar el marco de aventuras y personajes, ya inmensamente rico en el edén de las páginas Marvel, sin abandonar nunca esos referentes asiáticos (vistos por un occidental en un cine de barrio) hace del film un inteligente paso hacia todo lo que está por venir. Quienes pasábamos un sábado en la tarde viendo El luchador manco en una platea pura algarabía infantil y después devorando los comics de kung fu marvelitas estamos preparados para ello. Ojalá los recién llegados a Los Vengadores y compañía vía cinematográfica también lo estén. Aventuras en las que, para colmo, hay sitio para cameos jocosos y mascotas peluditas. ¿Es esto una pérdida? Solo a veces. Por ejemplo, en esas escenas de artes marciales cuya estupenda coreografía cae víctima de un montaje y una cámara que las convierte en puro borrón. Si se tienen tragaderas para asumir esto, las virtudes restantes no son pocas: un Tony Leung más que a la altura como villano trágico, la capacidad de la actriz Awkwafina para ponerle sal a la escena más insulsa y un sentido del humor que, si bien no bate récords de finura, tampoco se somete a la autoparodia, siendo esta cinta muy apta para los heterodoxos de cinturón negro de la magia Marvel Studios

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Mi 8 de calificación a este filmeShang-Chi y la leyenda de los diez anillos con un personaje principal que aunque en apariencia sea un aparcacoches de hotel sin ninguna ambición en la vida, Shaun guarda un secreto: su verdadero nombre es Shang-Chi, y es el heredero de un antiquísimo imperio criminal cuyo líder le quiere de vuelta.

Nacido, como Puño de Hierro, Power Man, Misty Knight, Collen Wing, Blade y sus otros colegas de las artes marciales El Tigre Blanco y Los Hijos del Tigre, en los suburbiosbasados en el género de exploitation de los comics Marvel setenteros, Shang-Chi parecía más destinado a una teleserie urbanita que a ampliar el universo fantastique en las superproducciones cinematográficas auspiciadas por el perspicaz Kevin Feige. Sin embargo, y más allá de que pueda pensarse en una no menos astuta operación comercial-social para dar a la comunidad asiática norteamericana y al mercado chino lo que ha sido Black Panther para la afroamericana, la irrupción de este personaje que combinó la fantasía y psicodelia orientales cortesía de Jim Starlin, uno de sus creadores junto a Steve Englehart, a quien la película de Destin Daniel Cretton homenajea convirtiendo el hogar místico de la madre de los protagonistas en una versión Hayao Miyazaki de una de las gemas del Infinito buscadas por Thanos con una excitante deriva hacia los superespías (la etapa Doug Moench y Paul Gulacy) se transforma en el principal nexo de unión con la magia del mundo del Dr. Strange (Doctor Extraño para la generación Vértice) y en un festival para los sentidos y el pulp kung fu en sí misma.

Esta cinta va de menor a mayor, a medida que va dando carnadura a los protagonistas y progresando con los conflictos que plantea. Si el ser un film que apenas si tiene algunos lazos concretos con el Universo Cinemático de Marvel le juega a favor para avanzar con bastante autonomía; también necesita de ese espectador marveliano que le perdone unas cuantas arbitrariedades y cabos sueltos en su argumento. Recién en su segunda mitad consigue fusionar apropiadamente la combinación de drama familiar, donde la figura paterna encarnada por Leung juega un rol decisivo; con la comedia cimentada en lo referencial en la que el personaje de Awkwafina es el que tiene mayor peso. Y si bien despliega unas cuantas ideas visuales más que interesantes, también le falta mayor inteligencia y sensibilidad para otorgarle una dimensión más concreta y palpable al recorrido de su protagonista. Eso sí, a lo largo de todo su recorrido, Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos exhibe una consciencia precisa del tamaño y alcance de sus ambiciones y posibilidades.

Por eso no pretende bajar mensajes altisonantes sobre la diversidad, la inclusión o las implicancias éticas y morales del heroísmo, por más que a la vez posea unos cuantos pasajes donde los personajes reflexionan sobre sus propias historias y dilemas. A Cretton le alcanza con delinear un cuento ya conocido sobre un héroe un poco a su pesar, que al confrontar con sus orígenes y formación termina encontrando su destino e identidad. De esta manera, Shang-Chi… queda como una película menor, pero muy entrañable, dentro del catálogo marvelita. Un poco como una Ant-Man con dragones en lugar de hormigas volantes. Pero, sobre todo, la película da sopas con honda a Black Panther y Capitana Marvel, las otras dos picas de Marvel en el Flandes de la inclusividad como arma de marketing. A diferencia de aquellas dos cintas, que se venían arriba con afanes de trascendencia mientras entregaban imágenes mediocres, la película de Cretton no aparenta ser otra cosa que un trabajo liviano y disfrutable, donde las collejas hacia los estereotipos raciales caen con la misma naturalidad que los toques de esoterismo oriental.

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Esa es su mayor virtud, y la mejor lección que Marvel podría aprender de ella. Lo mejor fue ver ese impagable diálogo sobre la saga filmica de El Planeta de Los Simios. Conexiones y apariciones de personajes Marvel aparte, todas ellas, como la shakespeareana reaparición de la némesis más Laurence Olivier Hacendado de Iron Man y la que tiene que ver con Stephen Strange, muy divertidas, Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos reescribe con caligrafía del mejor cine de Honk Kong y chino los orígenes comiqueros del personaje (Fu Manchú es aquí una suerte de inmortal jedi atrapado por el lado oscuro de la fuerza… y su pasado sentimental, espléndida composición de Tony Leung) siendo una suerte de catálogo para no iniciados de todos los estilos del género, de las coreografías líricas mágicas al divertimento circense de Jackie Chan (la pelea en el autobús, la típica entre el andamiaje del edificio en Macao… y las escenas de karaoke, claro), desembocando todo en una ordalía épica, un baile de dragones que, además de un zasca a la Mulan en imagen real, hace absolutamente creíble la imaginería y estética del anime en un film con personajes reales. De ahí que Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos sea una película tan efímera como aceptable en un ejercicio de pulp colorista y sin pretensiones que se hace querer., que incluso es bienvenida en la actualidad de una franquicia que todavía amenaza con ponerse demasiado solemne. 

Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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