Duna | República Cinéfila

La producción fílmica de Duna tiene las construcciones visuales de un competente director como Denis Villeneuve, quien logró materializar, con aciertos y errores, su visión.

Esa visión, curiosamente, está basada más en la sencillez y en lo simple, lo básico que en lo estremecedor y apabullante que se buscaba por lo menos en la versión anterior de esta historia, la que dirigió David Lynch en 1984. Al lado de su director de fotografía Greig Fraser, Villeneuve construye imágenes más evocadoras que literales para meternos en un mundo en donde todo cambia y en donde la mística se cruza con la psicodelia. Pero ambos tomaron decisiones valiosas para hacer de este Dune un producto industrial distinto a los otros que nos llegan desde el Hollywood universal de estos años. ¿Cuáles son esos logros? ¿Influye lo hecho en La llegada y en Blade Runner 2049 también dirigidas por Villeneuve? ¿Se parece a ellas? ¿Cuáles son los errores de Dune? Hay en Duna, pero enterrada bajo muchos metros de arena, una muy buena película, tal vez una gran filme.

Si bien la cinta del cineasta franco-canadiense Denis Villeneuve tiene sus aciertos estéticos, hay elecciones formales y de casting que terminan un poco por empantanar y anular el espíritu de aventura. Tiene todo para desafiar los cánones del género de la ciencia ficción de aventuras y construir un relato distinto con un universo cuya inmensidad se adivina en lo misterioso de sus formas; una fotografía cuidada, con personalidad e imaginación; una trama política, religiosa y romántica con gran potencial para llenarlo; y personajes ricos en el papel, contrapuntos de una narración en potencia.

Y sin embargo, la película de Villeneuve no termina de funcionar del todo. Como una de las naves en las que vuelan los protagonistas, elegante y cautivadora, pero que gracias a dos o tres componentes falla y se estrella en el desierto. Como Icaro volando demasiado cerca del sol, Duna pretende construir un relato inmenso, capaz de expandirse tanto como lo requiere su universo. Es, sin duda, una película pretenciosa, pero no por ello carente de aciertos. En la trama, Arrakis, también denominado «Dune», se ha convertido en el planeta más importante del universo. A su alrededor comienza una gigantesca lucha por el poder que culmina en una guerra interestelar. Recordemos que el tono de las películas de Villeneuve suele ser de una grandiosidad peligrosa, aun cuando se limita a historias más pequeñas como lo hizo en la producción de Sicario (2015).

Sus mundos narrativos son solemnes en extremo, a veces oscuros, y siempre moviéndose lentamente hacia abajo, descendiendo en busca de un espacio en el que las voces de sus personajes resuenen con un profundo eco filosófico y ético. De nuevo, no hay necesariamente nada malo en esto. Y además, es de destacar que este anhelo no lleva a Duna a romper la regla principal de la economía del relato de Humberto Eco: “un texto es un mecanismo perezoso o económico que vive de la plusvalía de sentido que el destinatario introduce en él y solo en casos de extrema pedantería, de extrema preocupación didáctica o de extrema represión el texto se complica con redundancias y especificaciones ulteriores hasta el extremo de violar las reglas normales de conversación”. Con lo tentador que puede resultar, Duna no cae en una extrema preocupación didáctica. No lleva al espectador de la mano sino que hace emerger sus escenarios en toda su grandiosidad para que el espectador se pierda en ellos.

Ante tal magnitud espacial, deben sin embargo aparecer elementos capaces de sostenerlo, de evitar que los espacios se vuelvan inhabitables para el espectador, y es aquí donde Duna falla. Sus personajes no dan la talla; un universo de estas características exige un protagonista asertivo, capaz de cartografiarlo a fuerza de empatía y humanidad. La película opta por el estoicismo del joven actor Timothée Chalamet que carece del vigor necesario y de la capacidad para conectar con el espectador.

Pero el pecado más grande de Duna surge de aquello que la vuelve admirable: su ambición. Al encarar la construcción de su universo, lo hace con el propósito de empaparlo de un misticismo que brota de la confusión entre el sueño y la vigilia. Hay, de nuevo, un propósito noble, una intención estética clara. Pero su ejecución resulta pobre: trabaja la irrupción del pasado y del futuro ensayando un montaje poético, pero en una escala en la que se vuelve insoportable. Tal vez el recurso funcionaría en un cortometraje experimental, pero un gigante narrativo de dos horas y media exige ritmo, disciplina y rigurosidad. Una y otra vez los sucesos se paralizan con el uso de la cámara lenta o se fragmentan dando lugar a escenas que no son sino de otra película. Porciones de una etapa distinta de la historia que pueden funcionar fenomenalmente en una novela pero que en una película entorpecen y quiebran la estructura.

En Duna no hay actos ni nada que los sustituya indicando al espectador en qué momento se encuentra. La monstruosidad de su geografía desborda completamente la dimensión temporal. Lo que produce esto es que, si bien el espectador puede entender dónde y cuándo se encuentran los personajes, no es capaz de sentir el dónde y el cuándo de la historia. La narración se convierte en un limbo, un desierto interminable y repetitivo por el que el espectador circula sin saber cuándo ni dónde terminará. La película concluye dejando una sensación extraña: si bien hemos sido testigos de un mundo sublime por su belleza y grandiosidad, y sucesos o plot points han ocurrido, hemos sido despojados de una dimensión temporal que haga de aquello que vemos una historia.

Mi 9 de calificación a esta cinta reseca, hostil y bella como el desierto, para bien y para mal a la adaptación del director Denis Villeneuve del clásico de la ciencia ficción del escritor Frank Herbert.

En un lejano futuro en el año 10, 191, el imperio de la humanidad depende de la especia Melange, una sustancia que solo se encuentra en el planeta Arrakis. La vida de Paul Atreides, el heredero de una familia noble, cambiará para siempre cuando llegue a ese mundo: su destino podría convertirle en el ser más poderoso de la historia, si es que sobrevive a una tupida red de traiciones e intrigas.

A diferencia de otros directores de prestigio que llegaron a la ciencia-ficción más o menos de rebote, Denis Villeneuve ama profundamente el género. Algo que se nota, y mucho, en Dune, una película que el cineasta canadiense lleva acariciando desde su adolescencia. La cuestión, pues, es plantearse si ese amor es correspondido, y si el resto de los mortales podemos participar en él al sentarnos frente a la pantalla. Lo primero que puede decirse del filme es que este es, ante todo, ambicioso. Esta película no conoce otra escala que la ciclópea, con los diseños de Patrick Vermette esforzándose para que los protagonistas parezcan hormiguitas a su lado mientras Hans Zimmer se empeña más que nunca en su santa cruzada contra los tímpanos del espectador.

En general, Villeneuve no quiere fascinarnos, sino impactarnos, y, en último extremo, apabullarnos. Un empeño que no llevaría a nada de no ser porque el director conoce bien su materia prima y aplica unas cuantas normas elementales al presentarla. A saber: que sumergirnos en el mundo de la historia, mostrando las dinámicas sociales que moldean este futuro feudal y atan entre sí a los personajes, vale más que un millón de diálogos explicativos. Cuesta recordar, la verdad, un blockbuster que haya mostrado tanto respeto por su público en los últimos años, aunque ese respeto implique dejar a dicho público en medio de un entorno hostil con unas pocas indicaciones sobre cómo orientarse en él. Gracias a esta decisión, la cinta se las apaña para resultar tan reseca y polvorienta como los paisajes que nos muestra. Y no hablamos solo de los desiertos del planeta Arrakis, convertidos por la cámara en una trama casi abstracta donde las dunas ondulan y se entrelazan entre sí como en una filigrana de sed. Nos referimos también a esa sociedad aristocrática de conspiradores donde la paranoia equivale a la cordura, y donde el contacto humano parece haberse extinguido. De hecho, Villeneuve está tan empeñado en viviseccionar este mundo imaginario y sus relaciones de poder que, a golpes de escalpelo, reduce los vínculos entre sus habitantes a la mínima expresión, fiándolos a su reparto de estrellas para que estas se apañen con lo que el guion les deja.

Algunos intérpretes salen bien librados de esta prueba: Timothée Chalamet y Rebecca Ferguson, por ejemplo, muestran todo el horror y la ternura de la relación entre un hijo y la madre que quiso engendrar con él al arma definitiva. Otros, como Zendaya y Javier Bardem, no tienen siquiera materiales con los que trabajar. Y un tercer grupo, con Chang Chen a la cabeza, queda reducido a un esqueleto de motivaciones sin más peso que sus efectos en la trama. Un error que la denostadísima versión de David Lynch, con todos sus defectos, supo ahorrarse. Donde más se nota esta pérdida es en los Harkonnen, esa familia de hienas que, en la novela original, funcionan tanto como villanos eficazmente repulsivos y como alivio cómico. Aquí, en cambio, su presencia queda reducida a unas cuantas escenas muy oscuras y muy ominosas, a la grotesquerie de ese Stellan Skarsgård flotante como el viejo barón Vladimir y a las presencias casi testimoniales de David Dastmalchian y Dave Bautista.

Por lo demás, eso sí, la película compensa estas carencias a base de adrenalina. Siempre moviéndose entre extremos, Dune juega a hacernos oscilar entre la hipnosis de sus visiones y la taquicardia de sus escenas de acción. Algo que funciona, y que le permite mantenernos pegados a sus imágenes…hasta que estas se acaban. Porque este filme es solo la mitad de una adaptación, y su abrupto final nos obliga a tenerlo muy presente. Según un proverbio del pueblo Fremen, el desierto enseña la regla del cuchillo: cortar algo incompleto y afirmar «ahora ya está completo, porque acaba aquí». Pero Denis Villeneuve no puede permitirse ese lujo. Su película deja demasiadas cuestiones abiertas, y es obligación del director cerrarlas para así darnos opción a juzgarlas como corresponde. Esperemos que la taquilla, y los caprichos de los ejecutivos, le permitan hacerlo. Hay una historia de intentos frustrados y fallidos de llevar al cine la novela de ciencia ficción de Frank Herbert. En su intento de evitar la sobre explicación por la que fracasó la versión de David Lynch, la muy esperada adaptación de Denis Villeneuve cae en el extremo opuesto: privilegia, por su majestuosidad visual, el relato bélico, y apenas moja los pies en el mundo interior de su protagonista, central en la obra original. La cinta Duna aún está en la cartelera comercial y la espera ha valido la pena, a pesar de imperar la forma más que su fondo.

Por: Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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