Eternals | República Cinéfila

En este año 2021 en que se estrenaron tres películas y cuatro series de televisión, la experiencia del universo cinematográfico de las compañías Marvel Studios y Disney parece agotarse entre una alta dosis de grandilocuencia. Los Eternals son una raza inmortal creada por los Celestiales, han vivido en secreto en la Tierra durante más de 7.000 años, encargados de defenderla de la amenaza de sus homólogos malignos, los Deviants.

Estos seres decidieron separarse una vez creyeron que el mal estaba derrotado, pero al poco tiempo del regreso de la mitad de la población durante los acontecimientos de Vengadores: Endgame, su líder Ikaris decide reunirlos para enfrentarse a la amenaza definitiva.

Con este filme, el Universo Cinemático de Marvel se zambulle en una solemnidad totalmente contraproducente, que conduce a un inevitable aburrimiento porque ya se venía insinuando en la Fase 3, con películas como Pantera Negra: a la par que se consolidaba su éxito, el Universo Cinemático de Marvel también iba por el prestigio, apoyándose en una agenda políticamente correcta, temas relevantes y hasta nombres con un aura de respetabilidad.

Pero en la Fase 4 eso ya está mucho más explícito y Eternals es hasta el momento el filme más transparente en esos deseos de trascendencia y galardones. Sin embargo, es, al mismo tiempo, el proyecto de Marvel más fallido en sus múltiples ambiciones. En cierto modo, Eternals busca algo parecido a lo que lograban -con gran éxito- películas como Guardianes de la Galaxia o Thor: Ragnarok: fusionar las necesidades de la historia en particular y la franquicia del MCU en general, con las sensibilidades distintivas de los cineastas a cargo.

En este caso, es Chloé Zhao que venía de ganar un premio Oscar por Nomadland (2020) quien se encarga de llevar adelante la historia de los Eternals, un grupo de seres con poderes extraordinarios que arribaron a la Tierra hace cinco mil años por mandato de una figura todopoderosa denominada Arishem, para proteger a los humanos de unas criaturas denominadas Deviantes. Sin embargo, no pueden intervenir en los asuntos humanos y deben permanecer en el anonimato, hasta que una serie de eventos los pone frente a la encrucijada sobre romper o no las reglas que siempre cumplieron. En Eternals se tocan muchos dilemas existenciales: el amor a lo largo del tiempo, el impacto de la violencia, las implicancias de la juventud y/o la vejez, la pérdida, la discriminación, el libre albedrío, la lealtad y la traición, y hasta la existencia en sí misma.

También hay un amplio abanico de protagonistas, en un relato coral con mucha diversidad para la tribuna: hombres blancos, pero también mujeres, negros y gays, occidentales y orientales amontonando etnias todo lo que se puede y hasta una sordomuda, como para que prevalezca la sensación de que este es un filme de muchos y muchas y muches, y que la mayoría de las minorías no se sientan discriminadas. Lo que no hay son personajes: en cambio, solo vehículos para un compendio de mensajes biempensantes. A lo sumo se puede destacar ciertos destellos de talento para la comedia en Brian Tyree Henry y Kumail Nanjiani, que igual están esencialmente para cumplir con la cuota preestablecida de pluralidad. Como bien decía el colega Federico Karstulovich al final de la proyección: “esto es muy United Colors of Benetton”.

Salma Hayek
Ajak (Salma Hayek) in Marvel Studios’ ETERNALS. Photo courtesy of Marvel Studios. ©Marvel Studios 2021. All Rights Reserved.

Si los personajes no generan la más mínima empatía y hasta parecen estatuas vivientes que de vez en cuando se mueven -en eso, lo de Angelina Jolie, Gemma Chan y Richard Madden son casos extremos-, ¿qué se puede hacer? Una respuesta posible podría venir por el lado del montaje y el movimiento en función del espectáculo y el impacto audiovisual, pero Zhao no parece contar con el conocimiento para eso. De ahí que Eternals sea una cinta que se regodea en la contemplación, el paisajismo -fruto de un vacuo esteticismo en la fotografía- y los diálogos solemnes. Para peor, le cuesta una enormidad superar el estatismo y sus secuencias de acción son tan aisladas entre sí -porque casi nada fluye en la narración- como carentes de dinamismo. El resultado final es predecible: puro aburrimiento. Ese aburrimiento que abarca todo el metraje encierra una gran paradoja: si Eternals buscaba ser un filme prestigioso y apto para un público que solo ve un cine con un sello supuestamente autoral, termina siendo un híbrido claramente impersonal. Tanto cálculo e impostación anulan la mirada de Zhao, pero también la del propio MCU.

Esta especie de “Marvel para los que les gusta Marvel” es incapaz de gustarle a nadie. Gigante, pesado, como una rueda que nadie puede girar. Marvel Studios, muy creída de sí misma, está al borde de comerse la cola. A favor se podría decir que estas películas fueron las películas justas para la post-pandemia global de coronavirus, para un año donde el público volvió tímidamente a las salas y las bajas recaudaciones en taquilla mundial pueden disimularse por contexto. La pregunta es si nos dan ganas de volver a estos universos, de tener más de los Shang-Chi o de los Eternals. Lo mejor de esta cinta fue el que no falta nunca el sentido del humor y el abrir puertas a más tebeos marvelitas y con lo peor de que con media hora menos no habría pasado nada, es solo apta para teólogos pulp de la heterodoxia Marvel.

Eternals es igual de ambiciosa y dispersa argumentalmente que la serie comiquera original concebida, escrita y dibujada por el rey Jack Kirby entre 1976 y 1978. Hasta la inexpresividad de cariátide innata a Angelina Jolie y Richard Madden captura a la perfección los geométricos y extraños rasgos de los personajes de Kirby. Homenaje de lagrimita al genio de los comics, la película de Chloé Zhao es extremadamente fiel a la saga formada por los primeros 19 números de la colección, incluso en un cambio tan radical que en vez de molestar a los puristas abre la puerta a la tragedia casi wagneriana o Blade Runner de estos Eternos en el universo Marvel. Además de guiños a la adaptación que Jack Kirby había hecho para Marvel de 2001: Una Odisea del Espacio (ese monolito triangular, la intervención extraterrestre en la evolución humana…), lo que sorprende en Eternals es que no tenga ningún problema en citar al Kirby de la editorial rival DC (Darkseid), a Batman (y Alfred… que no deja de ser Happy o Karun) y a Superman. Y aunque no lleven capa, el instante de Ikaris flotando en el espacio mirando de manera extraña al planeta Tierra lo habría firmado con los ojos cerrados Zack Snyder.

(L-R): Karun (Harish Patel), Kingo (Kumail Nanjiani), Sprite (Lia McHugh), Sersi (Gemma Chan), Ikaris (Richard Madden), Thena (Angelina Jolie), Gilgamesh (Don Lee) in Marvel Studios’ ETERNALS. Photo courtesy of Marvel Studios. ©Marvel Studios 2021. All Rights Reserved.

 

Eternals bien podría ser una película de la DC (Watchmen la que más) donde unos seres inmortales hablan de los superhéroes de la Marvel como si solamente fueran personajes de tebeos en cuatricomía. Es una película seguramente fallida, solidificada a partir de un fuego extraño en una isla desierta, y que sin embargo va a ser esencial (las dos escenas tras los créditos) en lo que está a punto de llegar. Quizás muchos seguidores del universo Marvel cinematográfico se sientan identificados con este comentario dentro de una arriesgada apuesta dentro del mismo: sentar las base de una nueva mitología cósmica utilizando los mimbres de la seminal Los Vengadores de Josh Whedon pero con mayor atención al making of (justo lo que Kingo y Karun han decidido que sea la misión de evitar el Apocalipsis) de ese disfuncional grupo que a la gesta llena de acción por sí misma. Secuencias de acción hay muchas y espectaculares en Eternals, pero su única utilidad es que estos dioses inmortales descubran su razón de ser y, claro, lo que les ata a ese ser humano del que han ejercido de vigilantes ángeles guardianes a lo largo de los siglos. En este sentido, que tal vez irrite a quienes le dan al fast forward cuando los superhéroes se ponen a hablar o a filosofar, Eternals sí que no traiciona a la insólita directora de esta superproducción de más de 200 millones de dólares de presupuesto, Chloé Zhao: vuelve a ser una historia de desarraigados sin un lugar en el mundo (aquí en plural: en los mundos) cuyos sentimientos actúan como una especie de ataduras invisibles. Que sí, que a la oscarizada firmante de Nomadland le gusta más una puesta de sol y un plano de granjas y figuras humanas recortadas contra el horizonte que a un tonto un lápiz, pero en Eternals este cliché que se revelaba postizo tanto en el filme con Frances McDormand como en el anterior y peor The Rider se convierte en una metáfora no solo del ocaso de los dioses, sino del fin de toda una época Marvel.

Mi 7 de calificación a esta producción fílmica, que en estos tiempos con la dupla Marvel/DC siempre ha sido una campo abonado al antagonismo y las comparaciones, de forma que lo ocurrido en la última década —con el intento simultáneo de engrosar dos universos cinematográficos— solo haya intensificado esta guerra de fandoms. Por encima del ruido internetero se ha ido percibiendo, sin embargo, algo mucho más interesante que las derivas industriales que acompañan cada sello, sobre todo a través de las iteraciones en DC de Zack Snyder y Patty Jenkins: mientras que el MCU está habitado por seres con grandes poderes, pero sin dificultad para identificarse con la humanidad que han de salvar, la Distinguida Competencia ha presentado a personajes más similares a dioses, que solo pueden relacionarse con nosotros en régimen de modelo a seguir, y cuyos conflictos internos están más abocados a la filosofía y la religión que a la dócil imbricación ciudadana de sus homólogos marvelitas. Solo hay que comparar cómo se ha gestionado en Marvel el temor por las bajas colaterales en las batallas —dando pie incluso a una guerra civil en tanto a los posicionamientos en este conflicto—, con lo visto en DC. De Batman v Superman al panteón que presentó Snyder en su Liga de la Justicia, previo intento de Joss Whedon por bajar a sus personajes a la tierra en la versión apócrifa. Una vez concluida la guerra del Infinito, sin embargo, pareciera que los héroes terrenales de Marvel ya han cumplido su papel, y en lo que se busca un relevo generacional no es de extrañar el interés de Kevin Feige por aumentar el alcance del campo de juego. Sea con ese multiverso en el que las series de Disney+ ya están indagando o con una película tan arriesgada como Eternals, que establece con total tranquilidad que durante decenas de años y películas siempre vivieron entre nosotros unos seres de enorme poder, aún más que el de Thor y la tropa de Asgard por cómo ni siquiera la cerveza atinaba a humanizarlos un poco. Los Eternals, creados por Jack Kirby, traen aparejada una cantidad tal de mitología que se puede percibir el sudor de los guionistas a la hora de tratar de encajarla en una narrativa que ya nos ha llevado a los rincones más distantes del espacio y el tiempo. No deja de ser meritorio, claro, que se quiera expandir este universo de un modo tan drástico, y arriesgado teniendo en cuenta el batallón de personajes que de pronto ha de incorporar a un canon ya bastante saturado de por sí.

Eternals es, pues, una huida hacia adelante, cimentada afortunadamente con las mismas dosis de cariño y cálculo que han guiado siempre el MCU. Es una de las buenas noticias de una película ambiciosa que no anda sobrada de ellas. El aplomo con el que estos personajes son presentados, la solemnidad bien entendida con la que se los sitúa en el mundo, son admirables y brillan especialmente en las distancias cortas, cuando se intercambian chistes frente a una mesa antes de regresar al combate. En este terreno, además, la maquinaria de Feige se permite plantar algún hito que otro, como todo lo correspondiente a la vida familiar de Phastos (Brian Tyree Henry) o la tan publicitada escena de sexo, que no son tan anecdóticos como pudiera parecer en tanto al modo en que dialogan con las inquietudes discursivas de la película. Porque a fin de cuentas, sí, Eternals es lo más parecido a una Liga de la Justicia de Zack Snyder que pudiera fraguar Marvel, encabezada por dioses que se preguntan por qué se supone que deberían salvarnos y sufren de formas variopintas su convivencia en el planeta Tierra.

El personaje de Sprite (Lia McHugh) es interesantísimo por cómo sintetiza este extrañamiento en la piel de un ser centenario atrapado en el cuerpo de una niña pequeña, mientras que un encantador Kit Harrington, como Dane Whitman, expresa con su sola presencia que la humanidad merece la pena, y que de vez en cuando hasta se merece un achuchón. Eternals está bien construida y pensada, fruto de una forma de hacer las cosas perfectamente establecida. Sin embargo, el sano afán humanista que enarbola su tesis termina difuminándose por culpa de un guion que no sabe cómo vehicularla si no es con diálogos plomizos, flashbacks interminables —algo de lo que también adolecía la anterior Shang-Chi y la leyenda de los diez anillos— y dramas románticos de derribo, representados por unos Richard Madden y Gemma Chan dolorosamente poco carismáticos. A costa de estas dificultades para encauzar la historia, la acumulación de subtramas y personajes empieza a agotar mucho antes de percatarse de que esta va a ser la película más larga del MCU justo antes de Vengadores: Endgame, sin que tampoco ayude la absoluta anemia visual que baña la película de principio a fin.

Tras curtirse en el cine independiente y ganar un premio Oscar por Nomadland, Chloé Zhao demuestra con su primer blockbuster lo rápidamente que algo parecido a un “estilo” puede ser fagocitado por un agente tan voraz como Marvel, transmutándose en una ridícula marca de fábrica que busca vender atardeceres y rostros compungidos mirando al horizonte como expresiones de una identidad artística definida. Combinándose con la proliferación de monstruos con efectos a la CGI y la tediosa visualización de los poderes de toda esta gente —que nunca se insistirá lo suficiente, es muchísima gente, y gente a la que antes no conocíamos de nada—, a Eternals no le queda otra que desplomarse como una de las propuestas más débiles y morosas del canon marvelita.

Y fracasar, por supuesto, a la hora de poner el audiovisual al servicio del poder incalculable de los protagonistas, ofreciendo imágenes congestionadas, desesperadas por abrazar una trascendencia que siempre se antoja esquiva. Otra cosa no, pero mostrar a dioses en acción siempre fue la especialidad de Zack Snyder, y es lo que provoca que, en el caso de Eternals, las comparaciones sean más odiosas que nunca, porque unos dioses tan monumentales fueron mostrados de una forma tan rutinaria. Con estas producciones que intentaron instalar nuevos personajes, pero lo hicieron con suerte dispar con las cintas de Shang-Chi y La Leyenda de Los Diez Anillos y Eternals. La primera es una película de segunda línea, y en ese sentido es bastante orgullosa de ser algo menor, aunque su duración excesiva deja entrever que la ambición de Marvel por construir universos demasiado amplios es un poco desmedida. La segunda es ya un problema en sí mismo: una película-concepto, con una directora prestigiosa y una búsqueda estética que si bien funciona en sus propios términos, resulta artificial y extemporánea. Eternals nunca termina de saber para dónde va, no se anima a ser lo grasosa que debiera y se nota todo lo forzado de una película que pretende ser una de Marvel y -a la vez- quiere correrse un poco. Lo más curioso de todo es que construye como unos 10.000 personajes y ninguno tiene carisma, que su acción es inocua y que sin sentido alguno de la síntesis se toma todo el tiempo del mundo para contar su cuento mínimo. Por suerte a la vuelta de la esquina aparecerán la última película de Spider-Man y la serie televisiva de Hawkeye, que prometen devolvernos algo de la vieja gloria. Esperemos que no nos desilusionen y que Marvel vuelva a ser la Marvel de siempre, a transpirar la camiseta para ganarse todo nuestro aplauso, admiración, gusto y sobre todo, el respeto.

Lic. Ernesto Lerma, titular de la sección y columna periodística.

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